‘Chavs: la demonización de la clase obrera’. Algunas notas a vuelapluma.

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Equiparar el vilipendio hacia lo chav (cani/choni) con el ataque a la clase trabajadora en general es la línea fundamental del libro ‘Chavs: la demonización de la clase obrera’ de Owen Jones como reflejo de lo que, a juicio del autor, está pasando en el Reino Unido. Son muchas las personas que intentan huir de la etiqueta clase trabajadora porque, efectivamente, ésta se ha convertido en sinónimo de chav (y lo hacen a pesar de que sus mismos orígenes, ingresos o trabajos sí se corresponden con la clase trabajadora). Se establece esta línea a lo largo de toda la obra como ejemplo del clásico “pobres contra pobres” que se explota desde determinados sectores políticos y mediáticos. Y, por todo ello, trata de desmontar en sus casi 350 páginas mitos como que todos somos de clase media, que la clase es un concepto anticuado y que los problemas sociales son, en realidad, los fallos de un individuo.

Este artículo pretende recoger algunas de las reflexiones que aparecen reflejadas en el libro, apuntar anotaciones a vuelapluma con las que trasladar algunas de las ideas que más me han llamado la atención del mismo y tratar de trasladar algunos de los aspectos más importantes que en él aparecen para generar debate al respecto. Asimismo, creo a ciencia cierta que todo lo que se refleja en ‘Chavs: la demonización de la clase obrera’ es perfectamente extrapolable a España u otros países de nuestro entorno por lo que le otorgo un gran valor habida cuenta de la realidad que nos rodea.

Tras estas anotaciones a vuelapluma, mi siguiente paso será intentar desmenuzar mucho de lo aquí apuntado en clave Educación Social para la bitácora EducaBlog… Pero eso será en los próximos días… Ahora, algunas notas sobre ‘Chavs: la demonización de la clase obrera’ de Owen Jones.

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Un post de Historia para la Historia

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Por si acaso alguien, dentro de cien años, leyera ésto, que no se diga que el cuaderno de notas febril del que abajo firma no hizo ni una sola mención al hito de la abdicación de Juan Carlos I, el rey de España, el jefe del estado que sustituyó a un dictador, durante 39 años, con el beneplácito y la aprobación de éste.

Dudo, por otra parte, que vaya a escribir algo que no se haya dicho ya en los ríos de tinta y de bits que durante estos días se han vertido en diferentes mentideros pero, aún con todo y más allá de que la noticia me sirva para volver a practicar la escritura en este cuaderno, diremos que…

Histórico. Ciertamente, con el anuncio de Juan Carlos I de ceder el trono en la persona de su hijo, Felipe, que será sexto, uno volvió a tener esa sensación de vivir un momento que quedará registrado en los libros de historia que nuestra descendencia leerá en el futuro.

Pesadez. Amén de esa sensación ególatra de vivenciar la histórica noticia, la primera sensación que me dejó el anuncio de la abdicación fue la de la expectativa de pesadez. De pesadez ante el ingente caudal de homenajes, noticias, reportajes, columnas, perfiles, especiales… que se cernían sobre nuestras cabezas en torno a la figura del ya depuesto monarca y su hijo. Dos días después del anuncio, las expectativas se están cumpliendo con creces. Casi que preferiría que siguieran hablando/despotricando sobre Pablo Iglesias o que empezase el mundial de fútbol de Brasil del que me había poropuesto, recordarán, no escribir.

Frustración. La abdicación de Juan Carlos I no es motivo de alegría. No, al menos, para mí. La saga continua. Le sustituye Felipe de Borbón. Ergo, una, a mi juicio, institución tan anacrónica, caduca y antidemocrática como es la monarquía continuará definiendo el modelo de estado de España y asumiendo la jefatura del estado, por muy constitucional o parlamentaria que sea.

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“Lo reaccionario es la patología de lo conservador. Es ir para atrás y de una forma dogmática y cerrada. La patología de la izquierda es el infantilismo. Es la confusión permanente de la ilusión con la realidad”.

José “Pepe” Mújica, presidente de Uruguay. El pasado domingo, en Salvados.