“Cambiar cómo hablamos es cambiar quiénes somos”.

Me he leído el libro “Antisocial. La extrema derecha y la libertad de expresión en internet”, del periodista de New Yorker Andrew Marantz y editado por Capitán Swing. Me ha gustado mucho. Un ensayo periodístico muy interesante que propone un recorrido que parte de la tecnoutopía y la ingenuidad de los precursores de los medios sociales, que acaba degenerando en herramientas que comparten todo lo que genere emociones activadoras e interacciones (lo que da pasta), hecho que aprovechan muy bien determinados grupúsculos para vender sus hediondos discursos y que acaba con consecuencias que tienen su repercusión en la vida real (Trump, por ejemplo). También Marantz señala alguna que otra clave para luchar contra esto, fundamentándose principalmente en la máxima que da título a este post y que también encabeza la reseña que he realizado (mucho más extensa) en EducaBlog y que, obviamente, os invito a leer en este enlace.

Por lo demás, sirva esta entrada, además de para promocionar dicho artículo en nuestro blog sobre Educación Social, para complementarlo con fragmentos o citas subrayadas en Antisocial y que no he incluido en la reseña de EducaBlog, pero que, sin embargo, me parecen lo suficientemente interesantes como para compartirlas también con la audiencia de cienfiebres.com. Las comparto, eso sí, de forma literal, sin comentarios adyacentes por mi parte.

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Trilogías [Listas Tontas]

Yo qué sé. Hoy me ha dado por los tríos. Por hacer una lista tonta con trilogías. De libros. Unas tristes trilogías. Que no son tristes. Es por la reverberación. Que me callo. Trilogías:

La última: Vernon Subutex, Virginie Despentes. De un tipo que regentaba una tienda de discos, le desahucian, tiene que tirar de viejos amigos para ir tirando y se acaba convirtiendo en un gurú. A grandes rasgos. Me la empecé por una serie que me pareció floja. La trilogía está bastante bien.

La que se puede leer por separado: Las Saturnales, Pío Baroja. El cantor vagabundo, Miserias de la guerra y Los caprichos de la suerte. Bueno, más o menos. Que se pueden leer por separado, digo. Muy barojiana, claro. Muy de crónica, de una época, de un momento. A veces asusta ver ciertas similitudes con los años 30 del siglo pasado y la actualidad.

La de la guerra civil: La forja de un rebelde, Arturo Barea. Bueno, los dos primeros volúmenes no lo son (La Forja y La Ruta) no lo son (el tercero, La llama, sí). Debería haber dicho la biográfica o autobiográfica. Barea cuenta buena parte de su vida y, a la vez, buena parte de la historia de España desde finales del XIX hasta la guerra civil.

La de la adolescencia: El Señor de los Anillos, J.R.R. Tolkien. Y la que me he leído dos veces. Y con la que lo flipé al máximo, claro. Juegos de rol y todo el rollo. Aquí la versión cinematográfica sí estuvo a la altura.

La máxima: Verdes valles, colinas rojas, Ramiro Pinilla. Pues eso, la más enorme, la más intensa y compleja. Y clarividente y cercana. La que me quiero volver a leer este año. Pinillismo.

La siguiente que va a caer: Trilogía de Tokio, David Peace. Pronto va a salir – por fin – en castellano el tercer tomo, vía Hoja de Lata. Los dos primeros (Tokio año cero y Ciudad Ocupada) esperan inmaculados en la estantería a que se complete el trío. Ganas.

¿Y las vuestras?, ¿qué lista de trilogías literarias haríais?, ¿hay algo que distinga la trilogía, una historia contada en tres tomos, frente a una en un sólo tomo aunque en total sea la misma extensión?

*¿La imagen? De las Paredes que Hablan.

Cienfiebres Musicales #27: Biblioteca Pop

Una serie de coincidencias esta semana me hicieron llevar la mirada a mis libros dedicados a la temática musical: biografías, análisis de escenas, de discos, anecdotarios musicales… y ello ha provocado que la fiebre de la semana en el podcast pues sea precisamente eso, compartir algunos de los libros que componen mi biblioteca pop. La banda sonora que la acompañará contiene las siguientes canciones:

MILES DAVIS QUINTET: I could write a book
LOS BRINCOS: El pasaporte
THE BEATLES: Paperback writer
THE KINKS: Waterloo sunset
THE BYRDS: I feel a whole lot better
GEORGIE FAME: Peaceful
THE JAM: Boy about town
KAMENBERT: Terciopelo azul
GABINETE CALIGARI: Camino Soria
FAMILY: En el rascacielos
EL NIÑO GUSANO: Ahora feliz, feliz
TEENAGE FANCLUB: Your love is the place where I come from
BOB DYLAN: The times they are a changin’
LOS PLANETAS: El rey de España
JUNO KOTTO Y MOSES RUBIN: (You Make Me Feel Like) A Natural Woman
MIDNIGHT SISTER: Wednesday baby
TRAVIS: Writing to reach you
BELLE & SEBASTIAN: Le Pastie de la Bourguesie

Cosecha del 19. Los libros.

En lo que a mis lecturas se refiere, no acostumbro a estar pegado a la actualidad editorial, al menos, en lo que a leer obras del año en curso se refiere. Por ello, de los catorce libros (cómics incluidos) que han caído este 2019, sólo dos han sido editados este año (bien es verdad que unos cuantos son del 18)

Sobre las listas como tal, destacaría que no ha habido ningún título que me haya entusiasmado sobremanera y, del mismo modo, ninguno que haya tenido que abandonar o que me haya parecido realmente flojo. Dicho lo cual…

Cuatro novelas:

4.- El abrazo de los muertos (José de Arteche)
3.- A la deriva en el Soho (Colin Wilson)
2.- Ilska. La maldad (Eiríkur Örn Norðdahl)
1.- La montaña mágica (Thomas Mann)

Un par de ensayos:

La trampa de la diversidad (Daniel Bernabé) y Niñ@s Híper (José Ramón Ubieto, Marino Pérez Álvarez)

Dos cómics:

La balada del Norte III (Alfonso Zapico) y El señor Jean. Edición integral (Charles Berberian, Phillipe Dupuy)

De los ocho títulos apuntados, el último, el de El señor Jean quizá sea con el que más he disfrutado este año.

Cómo se me deriva la deriva (en el Soho)

“Yo vine a Londres porque quería encontrar una forma de libertad. Pero no creo que vaya a encontrarla en el Soho. Para mí, eso no es Libertad, tan solo es su apariencia (…). Esa clase de vida, vagabundeando por los cafés del Soho y durmiendo en el suelo, no me satisface. No creo que la respuesta sea encontrar un nuevo modo de vida. La forma, la manera en que uno vive, es algo muy distinto a la vida misma, y es esa vida misma lo definitivo e importante”.

Él fue a Londres, huyendo de una gris ciudad de las Midlands, buscando una forma de libertad. Ansiando, además, profundizar en ese concepto, para algunos tan abstracto, para otros tan meridiano. Pretendiendo disertar al respecto, escribiendo compulsivamente sobre ello. Él también fue a la City con ese objetivo… ¿o ese objetivo le encontró a él? ¿Lo hizo, de hecho, al ir topándose con pintores, putas, alcohólicos, vagabundos, caricaturistas y demás ralea supuestamente habitual en la época (años 50 del siglo XX) y en el supuestamente centro neurálgico de esa bohemia, el Soho?

El joven (si no recuerdo mal creo que cuenta con 19 años) aterriza, además, en la capital británica con un buen puñado de libras en el bolsillo y en ese iniciático deambule sin destino, acaba con sus huesos, como digo, en el Soho, atrayendo (¿él o su dinero?), como digo, a un buen número de estrafalarios personajes.

El contacto con ellos y el pasear casi incesante, casi sin referencias espaciales por el propio barrio, supone, a mí modo de ver, el comienzo de un camino (¿de una evolución, de una involución?) en nuestro protagonista. Me da la impresión que la ilusión o el hambre de aventura y su motivación en pos de la Libertad le lleva a abrazar, quizá ingenuamente, los caracteres de esos personajes como la panacea que buscaba para ejemplificar la libertad en su máxima expresión.

Sin embargo, tengo la impresión (o eso he querido creer) que muchos de ellos se acabaron acercando a Harry Preston (el protagonista de ‘A la deriva en el Soho’) con una vocación utilitarista, interesada, atraídos por esas libras que podían satisfacer necesidades primarias y otras igualmente necesarias pero no tan básicas vistas desde un punto de vista más maslowliano. Y tengo la impresión (o eso he querido creer) que a medida que el protagonista se anclaba a estas compañías e iba conociendo otras nuevas, a cada cual más extravagante, él iba reconociendo ese interés, a pesar de lo cual no se negaba a ser utilizado y, ni mucho menos, se oponía a rechazar esas relaciones que a él le proporcionaban satisfacciones y, sobre todo, conocimiento y experiencia.

Quizá por esto también, por ese aprendizaje exprés extraído del vagabundeo, he sentido que Preston se iba alejando de los extremos (de los más planos y conservadores, digamos, que poblaban su vida pre-Soho, y de los más libérrimos conocidos en el barrio negro londinense) Y creo que, además de esa experiencia simultánea, hubo otro factor que desencadenó esa, llamémoslo así, equidistancia: el amor. Que no sé si trata de amor pero, desde luego, la aparición en su vida de una joven venida de las antípodas, aterrizada en Londres de una forma un tanto casual, y la complicidad surgida entre ambos, creo que llevó a nuestro héroe a desengancharse de la pléyade de bohemios que le acompañaban en aquellos estimulantes y azarosos días y concluir, en definitiva, que “la manera en que uno vive es algo muy distinto a la vida misma”.

Quiero destacar y destaco, como diría aquel, esas sensaciones o impresiones, pese a que pueden estar totalmente equivocadas, porque me quiero ver o me veo reflejado en él. Porque siempre me he sentido o me quiero sentir atraído por personas o personajes un poco al margen, nihilistas, extravagantes, irracionales, a veces antihumanistas, huraños o estrambóticos, divertidos y reflexivos y no sé qué más adjetivos poner para señalar a esos otros grandes protagonistas de ‘A la deriva en el Soho’. Y, por descontado que él, Preston, se moja en esta historia mucho más de lo que yo he podido hacer (si bien, ahora que lo pienso, me dedico a lo que me dedico) y mucho más de lo que jamás haré. Y porque él, sea por el tiempo que sea, se mueve en ese alambre pseudomarginal huyendo de su anodina vida anterior, alambre que yo conozco, en realidad, a través de relaciones mucho más superficiales (sin querer, nuevamente, hablar de – mi – trabajo) y sin abandonar, en definitiva, mi pseudoburguesa vida.

Quizá por todo ello, uno de los fragmentos del libro que subrayé en rojo tras doblar la esquina superior izquierda de la página par en la que aparecía y que vuelve a entroncar perfectamente con el destacado al inicio de este texto, es el siguiente:

“Yo empezaba a familiarizarme con la idea de que los vagos del Soho no poseían el espíritu de iniciativa que cabría esperar de su género de vida; las únicas características que desarrolla la vida bohemia son la ineficiencia y la vagancia”.

Pero no me malinterpreten al pobre Preston (ni siquiera a mí) a pesar del tono crítico y desencantado de lo mencionado. Él, de hecho y a pesar de ello, sigue con ellos y rebate y les sigue el juego y participa de sus costumbres, de sus delirios, de sus espacios y de sus excentricidades. Empatiza, claro, con muchos de ellos y les otorga su parte de razón en este mundo. Creo que, hasta cierto punto, los considera necesarios como contrapunto a la aburrida cotidianidad. Insisto: lo cree así pese a la ineficiencia (ineficiencia, ojo, recordemos, para la “iniciativa que cabría esperar de su género de vida”) y la vagancia. Pues eso. Que yo. Que yo también. Que yo también les otorgo su parte de razón y empatizo y, hasta cierto punto, los considero necesarios y, en mi caso, trabajo por/para/con ellos (aunque no, digamos, con bohemios precisamente) pero desde esa equidistancia vital, cobarde, acomodaticia, burguesa… llamémoslo equis. O sea, no me atrevo a ser como ellos pero admiro que lo sean y me gusta la relación subrepticia que, de vez en cuando, he establecido o establezco con ellos.

Es más, y ya acabo, no huyan, creo que nuestro ya querido Preston, debido a su fulgurante deriva en el Soho, ya ha tenido suficiente y si se tuviese que hacer una continuación a la obra de Wilson ésta debería ser la de un hombre de mediana edad casado con la nezoelandesa conocida en esos días londinenses, que sigue pensando en la libertad (experimentada y reflexionada) pero con la certeza de que esa, aquella vida no es para él.

Y por si no ha quedado claro todo lo que he querido decir en estos párrafos, acudamos a los libros. Bueno, al libro. Es fácil. Vuelvo a pegar a continuación el fragmento inicial, impreso en la página 198 de mi ajada edición de ‘A la deriva en el Soho’, mi primera y fructífera lectura de este 2019:

“Yo vine a Londres porque quería encontrar una forma de libertad. Pero no creo que vaya a encontrarla en el Soho. Para mí, eso no es Libertad, tan solo es su apariencia (…). Esa clase de vida, vagabundeando por los cafés del Soho y durmiendo en el suelo, no me satisface. No creo que la respuesta sea encontrar un nuevo modo de vida. La forma, la manera en que uno vive, es algo muy distinto a la vida misma, y es esa vida misma lo definitivo e importante”

Y fin. No era mi intención realizar, ni mucho menos, una especie de reseña al uso de ‘A la deriva en el Soho’ (Colin Wilson) ni tampoco escribir una disertación tan rimbombante y pedante como la que ha salido. Mi idea era dejar algunas reflexiones, un poco a vuelapluma, derivadas de su lectura. Sorprendido estoy, eso sí, de lo que ha surgido, de cómo se ha derivado la deriva (en el Soho) habida cuenta que me acerqué a esta obra con ciertas reservas. De esperar algo más cercano a lo oscuro, lo desconocido, lo atávico, lo liminal (que, quizá, de una forma subjetiva por ahí andan, qué sé yo… y Carlos, perdóname los prejuicios, je) me encuentro con una especie de trip beat por las calles de Londres que, sin embargo, me resuena y, no sé, supongo que, en cierta forma, me remueve. Bienvenido sea, pues el revolcón.