LA FIEBRE. La Pandemia de Žižek a vuelapluma.

Resulta un tanto abrumador la cantidad de estudios y publicaciones científicas que están surgiendo en torno a LA FIEBRE. Es lógico, claro. La comunidad científica internacional trabaja sin descanso en pos de una vacuna o buscando tratamientos que minimicen las consecuencias del coronavirus. El problema es que quizá derivado de esa carrera se está primando la urgencia y la prisa por ser el primero y esto, en ocasiones, ofrece resultados no muy fidedignos e incluso a veces contradictorios.

También surgen otro tipo de publicaciones que no vienen marcadas por la premura digamos sanitaria y quizá por ello, a día de hoy, no son tan numerosas. Auguro que abundarán novelas, relatos, ensayos y demás inspirados por la COVID-19. Algunos libros en ese sentido ya han visto la luz, no sé si de forma un tanto prematura, cuando aún vivimos inmersos en plena pandemia. Puede ser que el obligado confinamiento a nivel global haya favorecido el trabajo de un montón de creadores.

Entre ellos encontramos al filósofo esloveno Slavoj Žižek, uno de los pensadores más conocidos entre los intelectuales occidentales, una especie de estrella del pop de la filosofía contemporánea junto con el coreano Byung-chul Han. Como decía, Žižek ha sido capaz de escribir un pequeño libro de 145 páginas que salió a la venta (al menos en España) el pasado 27 de mayo, publicado por Anagrama. Entiendo que la velocidad del esloveno a la hora de escribir este pequeño volumen ha respondido a su evidente capacidad para hacerlo, a vislumbrar una oportunidad a nivel comercial y también como reacción a la fiebre por el tema.

Precisamente LA FIEBRE me llevó a mí a adquirirlo a los pocos días que saliese a la venta y a leerlo de un tirón una noche de hace poco más de una semana. Y ello, a su vez, me ha empujado a sentarme aquí para compartir algunas de las reflexiones que Žižek aporta en su libro y lo que éstas me han sugerido. Todo a vuelapluma, eso sí.

Así, una de las ideas de índole política que recorre “Pandemia. La covid-19 estremece al mundo” tiene que ver con el intervencionismo estatal. En cómo, de producirse, ha de darse en un marco en el que el ciudadano confíe en el Estado. Pero, claro, ¿confiará la gente común en estados autoritarios acostumbrados al ordeno y mando y a que no se les cuestione (rollo China)?, ¿puede confiar la población en otro tipo de estados supuestamente más democráticos cuando una situación como la que estamos viviendo demuestra vaivenes y contradicciones, incapacidades y renuncios en los que se les pilla?, ¿son inevitables estos errores en situaciones tan impredecibles como ésta, en las que también prima la urgencia? Lo que sí parece claro, en cualquier caso y tal y como expone Žižek, es que esta intervención normalmente asociada a países socialistas o comunistas se ha producido incluso en estados absolutamente alejados de esas corrientes, como Estados Unidos o el Reino Unido. Y a partir de aquí también se pregunta: “¿de verdad la única elección posible es entre el control casi total de arriba abajo estilo chino y el enfoque más laxo de la inmunidad de grupo?”.

Este supuesto le lleva a aseverar al autor que el coronavirus empujará a “reinventar el comunismo basándonos en la confianza en la gente y en la ciencia“. En ese sentido, Žižek hace hincapié en la solidaridad y en la cooperación global como rasgos esenciales, así como la capacidad (¿temporal?) para controlar la economía y limitar la soberanía de los estados cuando haga falta. Personalmente, me gustaría pensar que esto pudiese ser posible, aunque no puedo evitar pensar en la tentación que puede generar a determinados líderes empezar así, como de buen rollo, y acabar cogiendo el brazo, no sé si me explico. Por otra parte, sin ser yo ningún experto en nada y menos aún en corrientes políticas, ¿no suena este planteamiento de Žižek de nuevo comunismo a un socialismo moderado o a socialdemocracia? Pregunto. Y también he de admitir que, en cierta forma, a esa pregunta el filósofo me responde: “Es fácil alertar de que el poder estatal está utilizando la pandemia como excusa para imponer un permanente estado de emergencia, pero ¿qué alternativa proponen aquellos que pronuncian tales advertencias?”.

Una de las consecuencias que el esloveno advierte derivadas de la pandemia tiene que ver con el consumismo o, mejor dicho, el no consumismo. “Las calles abandonadas de la megalópolis (…) nos permiten intuir lo que sería una sociedad no consumista“. También cree que la cuarentena global que hemos vivido ha podido llevar a algunas personas a liberarse de la actividad frenética que rige nuestro día a día en sociedades como la nuestra y a reflexionar a ese respecto. Puede ser, me gustaría pensar que sí, pero, ¿los tiempos oscuros que se avecinan a nivel socioeconómico contribuirán a extender ese tipo de reflexiones? Quiero decir que todo el mundo augura tiempos de necesidades más básicas y en ese cometido, en cubrirlas, dudo mucho que nadie se vaya a parar en pensamientos de esa índole sino más bien en hacer que la rueda vuelva a funcionar como antes de la pandemia. Y respecto al consumismo o no, ha bastado un poco de liberación en las restricciones a la movilidad y la apertura de las tiendas para ver amplísimas colas en grandes cadenas de ropa o ver cómo multinacionales hacen su agosto también en estos tiempos. Siento ser así de escéptico, me gustaría pensarlo de otro modo, la verdad.

Aún así, vale, no cejemos en tratar de reducir nuestro consumismo y en apostar por el decrecimiento y por flexibilizar nuestras exigencias y actividades y tal (“ahora la idea de que uno necesita más parece irreal”). Tratemos de acabar con la auto-explotación que a menudo nos imponemos a nosotros mismos. Esta es una reflexión (¿se puede decir que ya clásica?) del coreano Byung-chul Han y a la misma, todo hay que decirlo, también responde Žižek en las páginas de este librito aludiendo a que vale, muy bien, eso existe pero que no debemos olvidar que siguen existiendo grandes desigualdades entre clases y que, por tanto, esos antagonismos no deben reducirse exclusivamente a la “lucha contra uno mismo”. De hecho, el esloveno abunda en esta idea, a mi modo de ver, cuando dice que se alude (máxime en estos tiempos pandémicos añado yo) a la responsabilidad individual con insistencia y que a veces esto oculta cuestiones más colectivas o estructurales relacionadas con el cambio económico y social. Admito que me gusta esta idea, muy extendida desde hace décadas, aunque a veces pienso, je, en que también abusamos de ella para desresponsabilizarnos (¿me habrá lobotomizado el sistema capitalista neoliberal, maldita sea?)

Bueno, luego me quedo tranquilo y pienso que no me han fagocitado del todo cuando me veo coincidiendo con Žižek en otra idea muy aparentemente de izquierdas que aparece en su ‘Pandemia’ que dice que: “tenemos que aprender a pensar fuera de las coordenadas del mercado y el beneficio y encontrar otra manera de producir y asignar los recursos necesarios. Si las autoridades se enteran de que una empresa está acaparando millones de mascarillas a la espera de que llegue le momento adecuado para venderlas, no tiene que haber ninguna negociación con la empresa, simplemente hay que requisarlas”. Al menos, apostillaría yo, no negociaría si se diese algo así en una situación como la que vivimos. Obvio, ¿no?

Me gusta mucho, en ese sentido, cuando afirma que “las decisiones acerca de la solidaridad son eminentemente políticas”. Y más aún cuando unas páginas más adelante esa solidaridad vira hacia los olvidados y los parias. En este caso, cuando se acuerda de las personas refugiadas que intentan llegar a Europa: “¿De verdad cuesta comprender su desesperación cuando un territorio bajo confinamiento por una epidemia sigue siendo un destino atractivo para ellos?”. Bravo.

Por ir acabando, que al final me va a denunciar Anagrama por desmenuzar tanto esta obra, Žižek considera que la venida de una pandemia de estas características ya se nos venía, de algún modo, advirtiendo; desde los expertos que pronosticaban que algo así tenía que pasar a los indicadores propios de un sistema (capitalista) que podían propiciarlo (agricultura industrializada, desarrollo económico global, hábitos culturales, proliferación descontrolada de la comunicación internacional…). La cuestión es: ¿nos sorprende que haya ocurrido? Sí. ¿Por qué? Según Žižek, porque no nos creemos que vaya a ocurrir. Dicho lo cual, ¿nos creemos, por ejemplo, los agoreros pronósticos asociados al cambio climático?, ¿podemos hacer algo al respecto?

En fin, nada más y nada menos. Reflexiones y preguntas que me surgen a partir de determinados fragmentos. Y es que manda carallo, como dicen en Galicia, que, acudiendo nuevamente a una cita de ‘Pandemia. La covid-19 estremece al mundo’ necesitemos “una catástrofe para ser capaces de repensar las mismísimas características básicas de la sociedad en la que vivimos”.

PD: no puedo acabar este post sin colgar esa foto de abajo de una página del libro ‘Ilska. La maldad’ de Eiríkur Örn Norddahl. Me parece gracioso acabar así, sacudiendo la cabeza.

LA FIEBRE. No Future.

Que cómo se va a salir de ésta, se preguntan muchos. Es una de las grandes cuestiones planteadas en estos días de FIEBRE. La incertidumbre ante lo que nos deparará el futuro próximo invita a elucubrar. Están quienes ven una perspectiva positiva derivada de la pandemia: que nos va a cambiar, que nos va a hacer mejores personas, que no vamos a ser tan individualistas, que la ciencia será más reconocida y se invertirá más en ella, que nos va a refocalizar en otros objetivos, que vamos a contemplar la vida de una forma más pausada, que vamos a ser más solidarios y que incluso habrá un impacto medioambiental positivo que nos hará valorar de otra manera nuestro entorno.

Luego está el sector agorero: que el impacto socioeconómico va a ser brutal, que va haber un mayor control sobre nuestras vidas, que se van a reducir nuestras libertades, que vamos a ser más individualistas, que van a ascender las opciones más populistas y radicales en política, que habrá recortes en ciencia y sanidad, que para levantarlo todo tendremos que autoexplotarnos más y seguir explotando los recursos naturales. Etcétera.

Yo no sé qué decir. Aunque me considero una persona de carácter optimista, creo que si tuviese que jugarme unos cuartos por una de las dos opciones elegiría el equipo agorer. Primero porque parece evidente que va a haber una crisis muy importante a nivel socioeconómico, la cual, como siempre, afectará a las clases más desfavorecidas. Y a tenor de lo visto tras la crisis económica de 2008, las soluciones no parece que vayan a suponer ningún cambio de paradigma: no va a haber una refundación del capitalismo al estilo Sarkozy, ni creo que ahora mismo haya una alternativa al mismo (como decía un tal Fredric Jameson, hoy parece “más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”)

Aparte de ello, esta situación me evoca al fútbol. Pienso en como una mala racha se olvida por parte de los aficionados cuando el equipo encadena unos cuantos resultados buenos y ya la cosa empieza a verse de otra manera. Creo que ahora puede pasar lo mismo. La pandemia pasará, no habrá un macabro y dramático conteo diario de muertos, el coronavirus desaparecerá de las portadas y a otra cosa, mariposa. No cambios, todo igual. No future.

O no. No lo sé. Elucubraciones, en cualquier caso. No sé hacia dónde iremos. Ojalá hacia algo de lo expuesto en el primer grupo. Pero ya hay cosas ahora que me hacen tener una actitud pesimista. El hallazgo de la siguiente foto ayer es una de ellas:

La instantánea la encontré en Twitter. La compartía un tal Toni García Ramón (@tgarciaramon). La foto nos muestra a un grupo de escolares franceses (donde ayer se reabrieron muchos centros) jugando en un patio, manteniendo la distancia de seguridad. Algunos pueden recibirla de forma bonita, supongo, pero a mí me noqueó. Y lo hizo porque me conectó con un paseo de hace escasos días con mis hijos.

En dicha salida, nos encontramos con algunos amiguillos de mi primogénito. La reacción de los críos al verse, obviamente, fue la de la algarabía, el juego, el contacto. Y ahí me vi yo, pidiéndole que, por favor, mantuviese la distancia, que no se tocasen, que no jugasen, que se hablasen desde lejos. ¡Qué triste!

Es el gran cambio, para mí. Un cambio por el que no hay que apostar ya que, de momento, está pasando. Quiero pensar que también acabará y que los críos podrán volver a jugar con normalidad, podrán tocarse, pero me asusta. Me asusta por ellos. Temo que algo de esto vaya a quedar. Me da miedo que esto sea una especie de ensayo para una nueva sociedad sin contacto. Ahí sí que no veo futuro, como cantaban los Sex Pistols. Ahí lo veo negro. A lo mejor yo también cambio o ya lo he hecho. A lo peor ya no soy tan optimista. No lo sé.

Barakaldo, 13 de mayo de 2020.

PD: la foto que encabeza este artículo la he tomado prestada del muro de Facebook de mi amigo Javier. Creo que es muy simbólica y representativa con el contenido de lo expuesto.

La Fiebre. Mi Banda Sonora (durante el confinamiento)

Cincuenta días después (si no me fallan las cuentas) de que se decretase el estado de alarma que nos tiene confinados y a las puertas de que se flexibilicen las condiciones de la reclusión, me parece un buen momento para desengrasar un poco el contenido de las cosas que voy escribiendo bajo la etiqueta La Fiebre. Así, no se me ocurre mejor manera de hacerlo que compartiendo la que, de alguna forma, ha sido y está siendo la banda sonora de mi confinamiento. Y lo voy a hacer así: comentando los discos que he ido publicando en mi cuenta de instagram bajo el epígrafe “Discos para el confinamiento”. Esto no quiere decir que sea lo único que he escuchado en estos 50 días. Tanto tiempo en casa me ha servido para reescuchar álbumes que tenía olvidados, para oír programas y podcasts musicales y algunas novedades en spotify. En cualquier caso, lo que está claro es que a mayor tiempo en casa, más momentos para disfrutar de la música y, por tanto, de cara a poner un límite a esta bobada de hoy, pues sirvan esos discos para el confinamiento.

Empezamos por “Bestieza” de Los Enemigos, último disco que me compré antes de que se cerrasen todos los comercios. Lo hice en Long Play, la tienda de de discos de Barakaldo, y lo hice a sabiendas de lo que iba a comprar ya que ya lo había disfrutado antes en streaming. Para mí el mejor disco que he escuchado de los madrileños y con muchos boletos de convertirse en uno de los títulos favoritos cuando recapitulemos la Cosecha 2020.

Precisamente, pensando en esa lista de diciembre, también apunto la penúltima adquisición AdP (antes de la pandemia). En este caso “Gran pantalla” de Biznaga. Interesantísima apuesta pseudo-conceptual sobre nuestra relación con las pantallas, las redes y demás artilugios a los que nos agarramos en estas semanas de reclusión para conectar con el exterior.

Stereolab, claro, como banda top de la vida (de mi vida) me ha acompañado en varios momentos durante estos 50 días de encierro, al igual que los Belle & Sebastian. Poca novedad aquí para los que me conocéis un poco. Y el jazz (Coltrane, Morgan, Jimmy Smith…)… el jazz también ha sido parte de mi banda sonora confinada, acompañándome durante el teletrabajo.

Ha sonado el “The noise made by people” de Broadcast con la excusa de que el 20 de marzo este disco cumplió 20 años. Por la misma razón han sonado otros como, por ejemplo, el “Carrie & Lowell” de Sufjan Stevens, que hizo un lustro el 31 de marzo o “The Rumproller” de Lee Morgan que cumplió 55 años el pasado 21 de abril.

Ha habido momentos en este tiempo que me han empujado a escuchar determinadas cosas. Por ejemplo, el fallecimiento del cantautor donostiarra Rafa Berrio me llevó a adentrarme en su obra vía Spotify y, de ahí, me dio por ponerme unos cuantos discos de Nacho Vegas (vaya subidón, ¿eh?). Estas dos fiebres me llevaron a fijarme de otro modo en las letras, buscando en ellas fragmentos que, de alguna manera, encajasen con esta situación de ciencia ficción que vivimos. Esta especie de búsqueda de relatos pandémicos me llevó a Los Planetas o a Josele Santiago o a Parade e incluso a los Beatles, aunque aquí, admito, más empujado (y yo encantado) por Nicolás (el adoctrinamiento se intensifica en tiempos de encierro, amigos)

A pesar de todo y en momentos en los que me he podido ver con la moral un poco más baja o más desanimado, no sé, he buscado vitaminarme con pildorazos pop onda La Granja o Jet Lag, por ejemplo, o he buscado la belleza y la elegancia en los Style Council o en el “Cannonball’s Bossanova” de Cannonball Adderley o incluso he apostado (¡yo!) por el baile (habida cuenta de que no hago nada de deporte intramuros, ni tan mal) con un magnífico recopilatorio de boogaloo que hacía muchísimo que no pinchaba.

También me han/habéis influido en mi banda sonora toda la gente que me acompañáis en las redes. No sé, por ejemplo, recuerdo haberme puesto a Juan y Junior tras una preciosa versión que hizo Alex Cooper del tema “Tres días” en su Facebook; o ponerme el recopilatorio de Nuggets influenciado por la “cuarentena de principales” del Zurdo o ponerme el directo de Zoot Money’s Big Roll Band tras contestar a una encuesta del Gallego al respecto de discos en vivo. Los mensajes de Jon durante su proceso vírico con el puto Covid-19 me empujó a ponerme el “Fue eléctrico” de La Habitación Roja (de eso ya os hablé en el #3 de Cienfiebres Blogcast) Etcétera.

También ha habido fiebres musicales estos días sin que tenga que haber (al menos conscientemente) una raíz o explicación; yo qué sé, durante varios días machaqué el “Who’s next” de los Who y desde el miércoles hasta hoy estoy exprimiendo casi exclusivamente el “The Wisermiserdemelza” de los Prisoners sin saber muy bien por qué pero yo encantado.

En fin, que como solía escribir al final de cada post de “Mi banda sonora” cuando los publicaba con más asiduidad, ésta ha sido Mi Banda Sonora de estos 50 días de confinamiento a causa de una pandemia.

LA FIEBRE. ¿Pero es que nadie va a pensar en los niños?

Involuntarios protagonistas en estos últimos días de FIEBRE, de pandemia. Han sido objeto de discusión, de debate por la conveniencia o no de que salgan a la calle como primer paso en ese neologismo llamado desescalada. El vértigo, el miedo que produce un repunte de infectados habida cuenta de los sufrimientos padecidos hasta ahora, chocan con las especiales características que hacen acreedoras a las niñas y niños a salir a dar un paseo de una hora acompañadas de un adulto. Se puede entender ese miedo, por supuesto, del mismo modo que se debe admitir la advertencia de pediatras, psicólogos infantiles y demás expertos en materia infanto-juvenil de que las consecuencias del confinamiento pueden ser mayores en los y las menores y que dichas salidas son más que recomendables.

Ahora, vale, toca apelar a la responsabilidad de madres y padres. De igual modo que, en su día, tocaría apelar a la responsabilidad de paseantes de perros, a la de los clientes de los super y los estancos, de las trabajadoras en curros esenciales y a todo aquel que, por hache o por be, tuviese autorización para salir a la calle. Lo que no recuerdo (y admito que igual esto puede deberse a una distorsión surgida por mi subjetividad por ser padre de dos niños e incluso por mi perfil profesional) es que se generase tanto debate al respecto.

Supongo que precisamente por mi experiencia laboral, me acuerdo especialmente de los críos y crías que pueden estar en situaciones de especial vulnerabilidad; desde los que viven en infra vivienda hasta los que conviven en entornos de desprotección o de violencia, pasando por la chavalería de los centros de menores y demás. Si todos los niños precisan de un cuidado y una atención especial en un momento como el que vivimos, ese perfil de críos aún más. Esto me lleva a pensar en mi curro actual, más vinculado a la educación más “formal” y a pensar en las brechas que el acceso a una conexión puede generar en determinados entornos, en algunos colegios. Toca a las administraciones tratar de reducir esa brecha, entendiendo, eso sí, las dificultades para conseguirlo.

Al mismo tiempo, respecto al debate del final de curso, de repetir o no repetir, de cómo evaluar… no sé. Me parece que hay que fijarse más en estos momentos en otras cosas que en haber alcanzado determinado nivel de aprendizaje académico. Considero que es momento de reforzar actitudes y de estrechar lazos de carácter más afectivo. Sé que esto suena muy bonito y naif y tal y que luego la realidad se impondrá de forma que puede que vuelva a marcar diferencias entre países, comunidades, entre unos alumnos y otros y demás, pero, no sé, creo que esta es una situación tan especial que me resulta hasta incómodo estar pensando en resultados de la chavalada más que en otros aspectos de la misma. En fin, quiero pensar que el profesorado sabrá valorar en su justa medida a los alumnos en este contexto. Otra cosa es ver cómo les dejan evaluar o ejercer su labor docente.

Por último, otra reflexión de chichinabo (como las escritas hasta aquí) que me surgió casi al principio de LA FIEBRE. Fíjense, aún siendo consciente de lo pesado de estar todo el día encerrado en casa, de todo lo negativo que se puede asociar al confinamiento, quiero pensar que, en general, a muchos niños y niñas esto de estar encerrados en casa con sus padres les va a venir bien. Tengo claro que vivimos en una época y en un modelo social en el que a los niños les ha faltado tiempo de convivencia con los padres; el curro, las actividades extraescolares, las actividades personales y necesarias de los propios progenitores, etc… han impedido disponer de tiempo de convivencia familiar y si algo aprendí de mis años como educador familiar es que los niños necesitan la presencia de sus padres a nivel cuantitativo. Necesitan estar con ellos y ellas tiempo, mucho tiempo. Bueno, pues ahora ha surgido la oportunidad, aunque desgraciadamente haya sido por lo que ha sido, de ello. Vale que habrá madres y padres que aún así puede que no ejerzan una convivencia adecuada, pero la certeza de que están ahí para muchos niños puede ser hasta valiosa (y estoy generalizando sin entrar en excepcionalidades vinculadas a desprotección, maltrato y situaciones así)

Bueno, hasta aquí esta perorata fruto del insomnio. Me he despertado demasiado pronto y me ha apetecido compartir estas ideas que me rondaban la cabeza para contestar a Helen Lovejoy, a sabiendas de que, como decía al principio, no soy el único que, últimamente, ha pensado en los niños. Y lo qu te rondaré morena. Habrá que ver todo lo que surge próximamente habida cuenta de que en poco más de hora y media, las criaturas podrán pisar la calle. Veremos.

Hoy, con todo, y en base a lo escrito aquí, quiero acordarme de esos compañeros y compañeras de gremio que han currado, curran y seguirán currando por proteger a las niñas y niños más vulnerables en multitud de recursos de protección. Especialmente personifico el homenaje en mi amigo Asier (educador social en un piso de menores) haciéndolo extensible a todo el colectivo.

Barakaldo, 26 de abril de 2020.

LA FIEBRE. Los Hunos y los Hotros.

Miguel de Unamuno dirige una carta el 27 de noviembre de 1936, en plena Guerra Civil española y poco tiempo antes de su muerte, a Francisco de Cossío, periodista y académico con el que mantenía amistad, en la que, a modo de desahogo, expone su desazón por todo lo que se vive en España en esas aciagas fechas. En dicha misiva, califica a los contendientes como los Hunos – los rojos – y los Hotros – los blancos – (sic).

No es mi intención imitar al intelectual bilbaíno, ni mucho menos, ni creo que, a pesar del lenguaje belicista que se está produciendo estos días en torno a LA FIEBRE, esta situación se corresponda con la que reinaba entonces. Pero, a pesar de ello, sí quiero aprovechar esa expresión de los Hunos y los Hotros para desahogarme como Unamuno respecto a nuestra clase política. Una clase política sobre la que uno pensaba ingenuamente que sabría estar a la altura de las circunstancias en momentos como los que vivimos pero que, sin embargo, una vez más vuelve a decepcionar.

Una vomitona que no irá a ningún sitio para denunciar como Hunos son incapaces de asumir o reconocer errores o de ejercer un mínimo de autocrítica, jugando con el lenguaje o con los datos para edulcorar la tragedia; o como los hotros no ven más allá de la obtención de réditos políticos ante los que no dudan en valerse del dolor y de los muertos; o ver a los hunos preocupados por no perder comba y protagonismo en la poltrona, mostrando, en consecuencia, una preocupante falta de coordinación tan necesaria en momentos como éste; y a los hotros con su deleznable actitud cizañera, agresiva y destructiva que poco contribuye, a mi modo de ver, a sosegar a un pueblo que, ahora más que nunca, lo que necesita es que le transmitan un poco de calma; también están los hunos que enarbolan, una vez más, una bandera, su bandera, haciendo hincapié en sus hechos diferenciales como si el jodido bicho reparase en diferencias; y los hotros incapaces de dotar de medios suficientes a las y los profesionales que nos tienen que sacar de ésta, medios de protección y recursos para que se priorice la ciencia, y lo que es peor, que no asumen ese déficit y encima señalen a los propios afectados.

En fin. Que igual exagero y me he calentado mucho. Que igual, si me esfuerzo, otro día puedo escribir algo parecido rescatando solo las acciones positivas que realizan los hunos y los hotros. Pero hoy me sale esto. Será LA FIEBRE, que nos tiene a todos un poco a flor de piel. Y también será que la enésima decepción de nuestros políticos me ha hecho vomitar así en Cienfiebres. De hecho, para rematar la pota, traslado aquí un fragmento de la carta de Unammuno a la que me refería al principio:

Y así, entre los hunos y los hotros están ensangrentando, desangrando, arruinando, envenenando y – lo que acaso es peor – estupidizando a la patria.

PD: hoy va mi dedicatoria a todas las personas de la sociedad civil que a través de oenegés o asociaciones o clubs o lo que sea sí se están partiendo el lomo para ayudar a sus iguales en esta situación.

Barakaldo, 17 de abril de 2020.

* ¿La imagen? de mis Paredes que Hablan.