Cienfiebres Musicales #35: Siempre hablando de fútbol

Las evoluciones (o involuciones) de mi equipo favorito de fútbol y el conato de Superliga Europea que sacudió la actualidad futbolística esta pasada semana, me ha generado la suficiente fiebre como para compartirla en Cienfiebres Musicales y ponerle banda sonora. Calentura balompédica, pues, además de otras febrículas, las cuatro novedades semanales, la Colección de Favoritas… suenan:

SAINT ETIENNE: This is Radio Etienne
LOS RETUMBES: El parque de los Hermanos
SMOKESCREENS: Working title
LOVE: Always see your face
LIGHTNING SEEDS: Three lions
THE UNDERTONES: Family entertainment
ENGLAND DAN & JOHN FORD COLEY: Simone
SURFIN’ BICHOS: Humo azul
THE KINKS: The village green preservation society
LOS IMPOSIBLES: Bye-bye, pequeña
JOAQUIN PASCUAL: El camino de vuelta
TRIPTIDES: Let it go
MUJERES-CARIÑO: Al final abrazos
LONDON GRANMAR: Baby it’s you
SWAMP DOGG: If you’re leaving (take me with you)
DERIVA: Yo le sufro
MANIC STREET PREACHERS: From despair to where

La Superliga Europea mitiga el dolor por el descenso a tercera

Aunque matemáticamente aún no lo está, el Barakaldo CF va a descender a tercera división. Pese a que nunca es buen momento para bajar de categoría, este descenso se va a producir en el peor momento: justo el año en que se crea una competición nueva (la 1ª RFEF o algo así) por lo que, en realidad, el club centenario de la margen izquierda no va a bajar una división si no dos. Del pozo de la 2ªB (tercera categoría del fútbol a nivel nacional hasta ahora) a las cloacas de la 3ª (cuarta categoría hasta este año, quinta a partir del año que viene). Muy Baraka Style todo.

Un desastre de temporada en lo deportivo que culmina con un más que merecido descenso. Una campaña que sí que se había arreglado un poco en lo económico, parches que veremos si se pueden mantener el año que viene. Porque, claro, a lo peor la gente que se supone que va a poner la pasta en la conversión a SAD puede decir que ellos iban a aportar dinero a la causa gualdinegra en la división de bronce, no en la quinta categoría. Es decir, puestos a ser agoreros, puede que incluso lo que esté en juego con este quasi confirmado descenso es la propia existencia de la entidad como tal. Puede que en vez de bajar a esa nueva tercera, acabemos jugando en no sé qué categoría del fútbol regional. Esperaremos acontecimientos.

Mientras, se ha anunciado la creación de una Superliga europea de fútbol que va a reunir a los doce o a doce de los equipos más ricos, económicamente hablando, del continente. Una competición, por lo que se ha podido saber, casi de carácter privado o exclusivo en la que otros clubes podrán participar si los oligarcas propietarios de esas multinacionales dan permiso, cual noble dando accésit de gracia al vasallo. Un nuevo formato que parece tiene como gran objetivo recuperar o multiplicar los ya de por sí  pingües beneficios que suelen obtener este tipo de entidades, los cuales, pobrecitos, se han debido ver recortados por la pandemia. 

Entiendo que puede sonar un poco hipócrita criticar esta historia y no hacer lo propio con la Champions o la Premier o la Liga o el Mundial de Qatar. Cierto, no son muy ejemplificantes, no son modelos especialmente edificantes, pero es que, para más inri, en el caso de la nueva liga esta, el inherente mérito deportivo que rige casi toda competición (como las de esos organismos), toda competición que, al menos, se caracterice de ser eso, o sea, deportiva, desaparece de la ecuación. Es decir, estos doce la jugarán siempre. Tenemos garantizados partidos televisados del siglo por doquier, eso sí. Partidos protagonizados incluso por equipos que, históricamente, tienen menos títulos que otros clubes que quedarán fuera. Y sí, ya sé que la NBA y la Euroliga de baloncesto son competiciones que se desarrollan de esta forma. Pero bueno, yo el fútbol lo vivo o lo he vivido de otra manera. Igual es que me cuesta entenderlo de esta forma. Me cuesta entender que todo tenga que responder a un show televisado, a un espectáculo.

Personalmente, aunque puedo estar dejándome arrastrar por una corriente… ¿populista?…  este formato me resulta abominable. Me parece una obscenidad de nuevos ricos (aunque sean viejos), una aberrante mercantilización de un ya de por sí mercantilizado deporte, una excluyente ostentación de magnates, de propietarios de fondos de inversión, de dueños de muchos petrodólares que se inventan un nuevo y elitista juego. Porque esto, amigos, para mí no es fútbol.

Volviendo al infrafútbol, asumiendo el descenso de mi equipo favorito, he tratado de ver el lado positivo. Para empezar, me he parado a mirar los posibles rivales del año que viene. Deusto, Santutxu, Gernika, Balmaseda… el derbi de la margen izquierda (si no sube el Sestao), partidos de matinal, campos a los que ir en metro, ataviados, el crío (puede que hasta los críos) y yo, con nuestras bufandas gualdinegras. Partidos con grada a pie de cal, de tertulia con la hinchada rival (fin de la pandemia mediante), de jamada antes o después del encuentro, de poteo previo al match, de entradas baratas (esperemos que no se aprovechen), de identificación con los colores del pueblo, de tu equipo, gane o pierda… otro tipo de show, otro tipo de espectáculo. Esto, para mí, sí es más fútbol.

La aparición de la Superliga europea esa ha reforzado, qué cosas, la perspectiva positiva ante la temporada 2021-2022 del Baraka en la nueva tercera, en la quinta categoría del fútbol nacional. O dicho de otro modo, el anuncio de la Superliga Europea me consuela por el descenso de mi equipo, ya que han aumentado mis ganas de verlo por esos campos tan alejados de los grandes focos.

*La foto se corresponde con la entrada al campo de Las Llanas, el estadio del Sestao River, en el derby contra el Barakaldo, en 2017, duelo que puede que se reedite el próximo año. Quién quiere Superliga Europea teniendo Northern Football, espacio en el que se compartió, en su día, dicha instantánea.

El Acta del Lunes. Tartan Army, “en el City, aita” y ex del Baraka que parecen internacionales.

Imagen de la resaca en la grada de un Escocia – Gales de 1977.
Referéndum escocés. Aficionados de esa selección lo plantean en una pancarta antes de que su equipo se enfrente a la URSS en el mundial de España’82.

Mea culpa no comentar la semana pasada la clasificación a la Euro de la selección escocesa 25 años después. Sin lugar a dudas, la mejor noticia de los últimos tiempos en lo que al balompié hace referencia. En esta casa, somos muy de los Tartan Terriers y más aún de su magnífica hinchada, la Tartan Army. Fijaos, si no, en las dos imágenes que acompañan este texto y que fueron compartidas en diferentes momentos en Northern Football. Viéndolas sólo cabe frotarse las manos pensando en la Eurocopa, que – si no hay novedad – se disputará el verano del año que viene.

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John Barnes

Espero que mi querido Holden me perdone por copiarle (otra vez) el formato de título de su Crónica Deportiva Sentimental, esto es, usar el nombre y apellido de un deportista para el encabezamiento. Además de ello espero que tampoco le importe que le utilice para introducir este artículo a partir de una anécdota virtual (porque se produjo en esa especie de patio de vecinas en el que, afortunada o desgraciadamente, interactuamos todos tan a menudo hoy en día, es decir, Facebook) en la que él fue coprotagonista.

El caso es que hace casi tres años me leí “El ruido del tiempo” de Julian Barnes, libro, por cierto, que me encantó y que recomiendo encarecidamente. Como de costumbre, acudí a la mencionada red social a compartir con mis amigos y amigas lo que me había parecido dicha lectura (ejercicio de exhibicionismo con el que, de verdad, mi idea es sólo generar tertulia en torno a libros o discos aún a riesgo de parecer estar tirándome el moco) y en estas, el bueno de Fiasco sacó a colación en los comentarios el nombre de John Barnes. Yo pensé que se refería al hermano del autor en cuestión ya que sobre él iba el hilo, pero en realidad se estaba refiriendo al atacante inglés que militó en el Liverpool FC a finales de la década de los 80 y en la de los 90 del siglo pasado.

John Barnes fue uno de los grandes responsables de que el Liverpool consiguiese su última liga – hasta esta semana – hace treinta años. Yo que me suelo jactar de ser aficionado del conjunto red, no reparé en este futbolista cuando debería haber sido una referencia mucho más obvia que la del hermano del escritor en dicha tertulia, máxime cuando el amigo Holden me decía que TAMBIÉN sería fan de este Barnes. Vaya mierda de hincha. Confieso que me sentí ridículo.

El caso es que cuando el conjunto de Anfield se hizo con el título en la temporada 1989-90, yo tenía 12 años. No recuerdo en qué andaría yo entonces, pero tengo claro que atento a las evoluciones de la liga inglesa, no. Sexto de EGB, uf… ¿Caballeros del Zodiaco sería mi gran fiebre? De aquel curso tengo recuerdos difusos; creo que era cuando me las tenía que dar de jevi con una sudadera de LA Guns porque todos mis amigos lo eran; creo que fue el año en el que Luisito intentó masturbarse en plena clase, debajo del pupitre, le pillaron y le cayó una buena; en fin, como para andar reparando yo en John Barnes y compañía frente a Seiya de Pegaso o preadolescentes pajilleros.

Claro que Barnes vistió la camiseta red hasta el año 97, ojo. Ahí ya iba teniendo uno una edad. Pero haciendo un ejercicio de revisionismo personal, no consigo distinguir tampoco en aquellos años la fiebre por el Liverpool. Sí recuerdo, a nivel futbolístico, que en el colegio, en la EGB, yo era, atención, aficionado al Athletic. Luego en BUP, 1º y 2º, la fiebre del Dream Team de Cruyff me voló la cabeza y me convertí en un irredento culé, lo admito. Luego, también en 2º, algo cambió respecto a mi relación con el Barakaldo CF, que pasó de ser la anécdota en forma de invitación que el entrenador de futbito nos daba para ir a Lasesarre a una enfermedad que, además, con el tiempo, sepultó al resto de equipos, más allá de que mantuviese y mantenga mis simpatías y antipatías por unos u otros.

Por tanto, una vez más: ¿y el Liverpool? Pues no lo sé. Hace casi cuatro años ya os conté en un texto titulado Brit Football Fever las raíces de mi gusto por el fútbol que se práctica en Inglaterra. Razones de carácter más sentimental, digamos, y otras más comúnmente aceptadas por el gran público. Centrándonos en este caso en el magnetismo que me llevó hasta el club del Mersey, no sé. En el artículo que menciono, el de la fiebre por el fútbol inglés, cito la carpeta de mi hermano Pedro decorada con fotografías de sus héroes futboleros británicos y en ella una foto de Ian Rush de red. Ahí puede haber una pista. Luego quiero pensar en cómo me pudo afectar la tragedia de Hillsborough. A mí esos dramones me sacudían de pequeño. Me estoy acordando ahora de una carta que escribí en catequesis sobre el atentado de Hipercor y, madre mía, pobre niño aquel, totalmente impactado. Pues, partiendo de ello, quiero pensar que algún poso me dejarían las imágenes de los hinchas del Liverpool aplastados en las vallas del estadio de Sheffield, poso que pudo mutar a empatía y simpatía, pues, por este club.

Y luego, pues no sé; las siempre impresionantes imágenes del Kop de Anfield; la sensación como de exotismo que me producía ver que jugadores como Sammy Lee o John Aldridge que, no sé por qué, me flipaban, provenían del Liverpool; la contagiosa alegría del recientemente fallecido Michael Robinson y su militancia red; la imagen de Robbie Fowler celebrando de aquella forma aquel gol; la fiebre por la música que casi monopolizó mis cienfiebres de los 17 a los 22 y, entre otros, pues destacaba un grupo de Liverpool, o sea, el grupo de Liverpool; y no sé, ya con más consciencia y ya plenamente autoidentificado como seguidor red pues lo simpático que me caía Steve McManaman, la final de la UEFA contra el Alavés (¡maravilloso!), Xabi Alonso, Carragher, Milan Baros, el eterno capitán Steven Gerrard, la agónica final de Estambul, la de Madrid, Jürgen Klopp, claro…

Como buen cienfebrista, por tanto, una identidad conformada a partir de retazos, de pinceladas, sin profundizar en exceso en la historia ni obsesionarme en demasía, aderezado todo ello con una, de siempre, muy mala memoria. Si ahondase demasiado en cada una de mis fiebres, no me daría la vida. Por tanto, ¿cómo acordarme de John Barnes en aquella conversación sobre Julian Barnes?

También creo que una vez que tuve claro en mi fuero interno que mi equipo, mi único equipo, es el Barakaldo CF, necesitaba ser seguidor en segundo plano de otro que, de vez en cuando, me diese alegrías, lograse victorias, consiguiese títulos. Y, por lo descrito hasta ahora o por hache o por be o por ir de guay, yo qué sé, elegí al Liverpool. Y eso que, la verdad, tampoco es que hayan proliferado los títulos por Anfield, amén de Estambul, Dortmund y hasta la llegada de Klopp. De hecho, pues ya ven: treinta años hasta esta semana sin un título de liga. Primera vez que el Liverpool se alza con el entorchado casero desde que existe la Premier. Tres décadas desde que Barnes y compañía fuesen campeones.

En fin, ahora o de unos pocos años a esta parte todo es más fácil para centrarme de forma más seria en mi rol de hincha red, con acceso a toda la información que quiera, con la capacidad de ver los partidos (¿cómo se veían los partidos de la liga inglesa hace treinta años?, ¿os acordáis de lo maravillosas que eran las sobremesas de los sábados hace unos años cuando daban partidos de la Premier en La 2?) e incluso para viajar a la ciudad de Liverpool a ver un partido en Anfield.

Estoy seguro que dentro de 30 años seré capaz de recitar la alineación campeona de la temporada 2019-2020, esa extrañísima campaña que tuvo que interrumpirse y acabar sin hinchas en las gradas por una pandemia. Y estoy casi seguro que mi hijo Nicolás también será capaz de hacerlo porque a este sí que le he inoculado yo el virus, una afición de la que, de momento, no reniega. Y supongo que eso le permitirá no sentirse ridículo cuando alguien mencione al lateral izquierdo escocés de este año en una conversación sobre el posible inventor del periscopio.

Cosecha 2018. El fútbol.

¡Quién nos lo iba a decir! Quién nos iba a decir, allá por el mes de agosto, que íbamos a llegar a finales de año con nuestro equipo en posiciones nobles. Y es que el Barakaldo CF acaba el curso del 18 en la tercera plaza del grupo II de la 2ªB y, lo que para mí es más importante, metiéndole seis puntos al quinto. Como digo, algo impensable a principios de la temporada 18/19 que ni los más optimistas podían imaginar cuando tres cuartas partes de tu plantilla se piran a otros equipos en el mercado veraniego, yéndose, claro, los principales puntales de la campaña pasada.

Echando la vista atrás, precisamente, a la temporada 17-18, a uno le queda la sensación de que se desaprovechó una plantilla muy compensada y en la que, sobre todo en la vanguardia, las cosas salieron a pedir de boca, con una de las mejores duplas atacantes de la categoría y de las que no se recuerdan por Lasesarre desde hace años (Sergio Buenacasa y Ander Vitoria) Un equipo bien armado atrás, muy compensado en el centro del campo (otra buena pareja de baile eran los Cerrajería y Baba) y, como ya he dicho, con mucha pólvora arriba. Sin embargo, la parroquia gualdinegra nos tuvimos que confirmar con la clasificación para la Copa (competición, por cierto, que, por el momento, es el gran fracaso de lo que llevamos de curso, tras caer eliminados a las primeras de cambio frente a un tercera navarro, el Mutilvera)

Quizá esa rémora de la pasada campaña y el escepticismo inherente a una plantilla completamente nueva y desconocida es lo que a uno le mantiene desconfiado de cara al futuro. Espero equivocarme totalmente pero es como que tengo la sensación de que tarde o temprano empezaremos a encadenar resultados negativos y caeremos a posiciones más mediocres. En algunos partidos (me estoy acordando ahora contra el Calahorra) es como que se apreciaban las costuras del equipo y parecía que de un momento a otro las hechuras iban a saltar por los aires. Eso sí, mientras tanto, mientras yo me sitúo en una posición quizá demasiado agorera, el Barakaldo de Larrazabal de la actual campaña se empeña en llevarme la contraria. Y, obviamente, me alegro enormemente de que sea así. De hecho, si dejo un hueco a la esperanza de pensar que, quién sabe, a lo mejor en mayo del 2019 igual el Barakaldo está entre los 4 primeros clasificados, es por el hecho de que a la plantilla se le ve muy solidaria entre sí, que pelea hasta la extenuación y que es como que, inconscientemente, quieren vencer a esa impresión de principios de campaña y darnos a todos los escépticos en los morros. Insisto: ojalá sea así.

Lo que ya no es tan increíble es lo del Liverpool de Klopp. La evolución del conjunto del Mersey es magnífica, preciosa y apasionante. De hecho, 2018 queda como año de los de guardar para la hinchada red, aunque faltase el lazo en forma de orejona. Una pena, sí, pero, en cierta forma, disfrutamos (o eso habrá qué decir) la final contra el Madrid, a pesar de todo. Para mí, desde luego fue todo un punto vivirla este año con un bebé recién nacido, un niño cada día más enfermo con el balompié y demás, como ya os conté en Niño adoctrinado y Bebé volador.

En cualquier caso, más allá, como digo, de la guinda de la final de copa de Europa, el año de los de Klopp sigue siendo espectacular. A fecha de hoy y a escasas dos horas de la segunda jornada del Boxing Day que enfrenta al Liverpool frente al Arsenal, los reds son líderes en solitario de la Premier, sacándole cinco puntos al segundo clasificado (el Tottenham), manteniéndose imbatido tras 19 jornadas, ganando 16 y empatando 3, siendo el segundo equipo más goleador de la liga y el menos goleado. Por tanto, ¿es o no es, de momento, un año para enmarcar? Sólo cabe esperar que en el próximo 2019 se mantenga la evolución y llevar algún título a las vitrinas de Anfield (un título de liga tras 39 años o resarcirse de lo del año pasado, aún presente, o, por pedir que no quede, ambos dos)

Para acabar esta pseudomemoria de 2018 en clave futbolero-cienfebrista, podríamos referirnos al Mundial y tal, pero, además de que yo no soy mucho de selecciones, hay un nombre que creo que es más idóneo para este cometido: Nicolás, mi primogénito. No negaré que estoy encantado con que el crío le guste esto del balompié pero, quizá, sólo quizá, no esperaba que fuese a ser para tanto. Le encanta jugarlo, tanto física como fantasiosamente (vaya partidos se juega él solo sin mayor compañía que su propio cuerpo y mente… en realidad, algo ya os conté pero os puedo asegurar que ha ido a más), le ha encantado hacer la colección de cromos de la liga, se ha aprendido los escudos de muchos clubs, te puede decir 5 o 6 nombres, fácilmente, de jugadores de un montón de equipos y, lo que es más flipante, si se encuentra con un partido en la tele, prefiere verlo antes que los dibujos que puedan estar dando en alguna cadena infantil, por no hablar de que ha venido ya a unos cuantos partidos a Lasesarre y el chaval ha aguantado estoicamente a pesar del habitual turre que supone el fútbol de bronce.

En fin, que sí, que encantado y tal, pero me las he visto ya en varias ocasiones diciéndole que hay vida más allá del balón… pues eso, que acabo casi casi como empezaba esta entrada: ¡quién me lo iba a decir a mí!

* en la imagen, el protagonista final del post, Nicolás, ataviado con su zamarra gualdinegra, en Lasesarre, observando a Oscar Prats, el día que nos eliminó el Mutilvera.