El Acta del Lunes. Tartan Army, “en el City, aita” y ex del Baraka que parecen internacionales.

Imagen de la resaca en la grada de un Escocia – Gales de 1977.
Referéndum escocés. Aficionados de esa selección lo plantean en una pancarta antes de que su equipo se enfrente a la URSS en el mundial de España’82.

Mea culpa no comentar la semana pasada la clasificación a la Euro de la selección escocesa 25 años después. Sin lugar a dudas, la mejor noticia de los últimos tiempos en lo que al balompié hace referencia. En esta casa, somos muy de los Tartan Terriers y más aún de su magnífica hinchada, la Tartan Army. Fijaos, si no, en las dos imágenes que acompañan este texto y que fueron compartidas en diferentes momentos en Northern Football. Viéndolas sólo cabe frotarse las manos pensando en la Eurocopa, que – si no hay novedad – se disputará el verano del año que viene.

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John Barnes

Espero que mi querido Holden me perdone por copiarle (otra vez) el formato de título de su Crónica Deportiva Sentimental, esto es, usar el nombre y apellido de un deportista para el encabezamiento. Además de ello espero que tampoco le importe que le utilice para introducir este artículo a partir de una anécdota virtual (porque se produjo en esa especie de patio de vecinas en el que, afortunada o desgraciadamente, interactuamos todos tan a menudo hoy en día, es decir, Facebook) en la que él fue coprotagonista.

El caso es que hace casi tres años me leí “El ruido del tiempo” de Julian Barnes, libro, por cierto, que me encantó y que recomiendo encarecidamente. Como de costumbre, acudí a la mencionada red social a compartir con mis amigos y amigas lo que me había parecido dicha lectura (ejercicio de exhibicionismo con el que, de verdad, mi idea es sólo generar tertulia en torno a libros o discos aún a riesgo de parecer estar tirándome el moco) y en estas, el bueno de Fiasco sacó a colación en los comentarios el nombre de John Barnes. Yo pensé que se refería al hermano del autor en cuestión ya que sobre él iba el hilo, pero en realidad se estaba refiriendo al atacante inglés que militó en el Liverpool FC a finales de la década de los 80 y en la de los 90 del siglo pasado.

John Barnes fue uno de los grandes responsables de que el Liverpool consiguiese su última liga – hasta esta semana – hace treinta años. Yo que me suelo jactar de ser aficionado del conjunto red, no reparé en este futbolista cuando debería haber sido una referencia mucho más obvia que la del hermano del escritor en dicha tertulia, máxime cuando el amigo Holden me decía que TAMBIÉN sería fan de este Barnes. Vaya mierda de hincha. Confieso que me sentí ridículo.

El caso es que cuando el conjunto de Anfield se hizo con el título en la temporada 1989-90, yo tenía 12 años. No recuerdo en qué andaría yo entonces, pero tengo claro que atento a las evoluciones de la liga inglesa, no. Sexto de EGB, uf… ¿Caballeros del Zodiaco sería mi gran fiebre? De aquel curso tengo recuerdos difusos; creo que era cuando me las tenía que dar de jevi con una sudadera de LA Guns porque todos mis amigos lo eran; creo que fue el año en el que Luisito intentó masturbarse en plena clase, debajo del pupitre, le pillaron y le cayó una buena; en fin, como para andar reparando yo en John Barnes y compañía frente a Seiya de Pegaso o preadolescentes pajilleros.

Claro que Barnes vistió la camiseta red hasta el año 97, ojo. Ahí ya iba teniendo uno una edad. Pero haciendo un ejercicio de revisionismo personal, no consigo distinguir tampoco en aquellos años la fiebre por el Liverpool. Sí recuerdo, a nivel futbolístico, que en el colegio, en la EGB, yo era, atención, aficionado al Athletic. Luego en BUP, 1º y 2º, la fiebre del Dream Team de Cruyff me voló la cabeza y me convertí en un irredento culé, lo admito. Luego, también en 2º, algo cambió respecto a mi relación con el Barakaldo CF, que pasó de ser la anécdota en forma de invitación que el entrenador de futbito nos daba para ir a Lasesarre a una enfermedad que, además, con el tiempo, sepultó al resto de equipos, más allá de que mantuviese y mantenga mis simpatías y antipatías por unos u otros.

Por tanto, una vez más: ¿y el Liverpool? Pues no lo sé. Hace casi cuatro años ya os conté en un texto titulado Brit Football Fever las raíces de mi gusto por el fútbol que se práctica en Inglaterra. Razones de carácter más sentimental, digamos, y otras más comúnmente aceptadas por el gran público. Centrándonos en este caso en el magnetismo que me llevó hasta el club del Mersey, no sé. En el artículo que menciono, el de la fiebre por el fútbol inglés, cito la carpeta de mi hermano Pedro decorada con fotografías de sus héroes futboleros británicos y en ella una foto de Ian Rush de red. Ahí puede haber una pista. Luego quiero pensar en cómo me pudo afectar la tragedia de Hillsborough. A mí esos dramones me sacudían de pequeño. Me estoy acordando ahora de una carta que escribí en catequesis sobre el atentado de Hipercor y, madre mía, pobre niño aquel, totalmente impactado. Pues, partiendo de ello, quiero pensar que algún poso me dejarían las imágenes de los hinchas del Liverpool aplastados en las vallas del estadio de Sheffield, poso que pudo mutar a empatía y simpatía, pues, por este club.

Y luego, pues no sé; las siempre impresionantes imágenes del Kop de Anfield; la sensación como de exotismo que me producía ver que jugadores como Sammy Lee o John Aldridge que, no sé por qué, me flipaban, provenían del Liverpool; la contagiosa alegría del recientemente fallecido Michael Robinson y su militancia red; la imagen de Robbie Fowler celebrando de aquella forma aquel gol; la fiebre por la música que casi monopolizó mis cienfiebres de los 17 a los 22 y, entre otros, pues destacaba un grupo de Liverpool, o sea, el grupo de Liverpool; y no sé, ya con más consciencia y ya plenamente autoidentificado como seguidor red pues lo simpático que me caía Steve McManaman, la final de la UEFA contra el Alavés (¡maravilloso!), Xabi Alonso, Carragher, Milan Baros, el eterno capitán Steven Gerrard, la agónica final de Estambul, la de Madrid, Jürgen Klopp, claro…

Como buen cienfebrista, por tanto, una identidad conformada a partir de retazos, de pinceladas, sin profundizar en exceso en la historia ni obsesionarme en demasía, aderezado todo ello con una, de siempre, muy mala memoria. Si ahondase demasiado en cada una de mis fiebres, no me daría la vida. Por tanto, ¿cómo acordarme de John Barnes en aquella conversación sobre Julian Barnes?

También creo que una vez que tuve claro en mi fuero interno que mi equipo, mi único equipo, es el Barakaldo CF, necesitaba ser seguidor en segundo plano de otro que, de vez en cuando, me diese alegrías, lograse victorias, consiguiese títulos. Y, por lo descrito hasta ahora o por hache o por be o por ir de guay, yo qué sé, elegí al Liverpool. Y eso que, la verdad, tampoco es que hayan proliferado los títulos por Anfield, amén de Estambul, Dortmund y hasta la llegada de Klopp. De hecho, pues ya ven: treinta años hasta esta semana sin un título de liga. Primera vez que el Liverpool se alza con el entorchado casero desde que existe la Premier. Tres décadas desde que Barnes y compañía fuesen campeones.

En fin, ahora o de unos pocos años a esta parte todo es más fácil para centrarme de forma más seria en mi rol de hincha red, con acceso a toda la información que quiera, con la capacidad de ver los partidos (¿cómo se veían los partidos de la liga inglesa hace treinta años?, ¿os acordáis de lo maravillosas que eran las sobremesas de los sábados hace unos años cuando daban partidos de la Premier en La 2?) e incluso para viajar a la ciudad de Liverpool a ver un partido en Anfield.

Estoy seguro que dentro de 30 años seré capaz de recitar la alineación campeona de la temporada 2019-2020, esa extrañísima campaña que tuvo que interrumpirse y acabar sin hinchas en las gradas por una pandemia. Y estoy casi seguro que mi hijo Nicolás también será capaz de hacerlo porque a este sí que le he inoculado yo el virus, una afición de la que, de momento, no reniega. Y supongo que eso le permitirá no sentirse ridículo cuando alguien mencione al lateral izquierdo escocés de este año en una conversación sobre el posible inventor del periscopio.

Cosecha 2018. El fútbol.

¡Quién nos lo iba a decir! Quién nos iba a decir, allá por el mes de agosto, que íbamos a llegar a finales de año con nuestro equipo en posiciones nobles. Y es que el Barakaldo CF acaba el curso del 18 en la tercera plaza del grupo II de la 2ªB y, lo que para mí es más importante, metiéndole seis puntos al quinto. Como digo, algo impensable a principios de la temporada 18/19 que ni los más optimistas podían imaginar cuando tres cuartas partes de tu plantilla se piran a otros equipos en el mercado veraniego, yéndose, claro, los principales puntales de la campaña pasada.

Echando la vista atrás, precisamente, a la temporada 17-18, a uno le queda la sensación de que se desaprovechó una plantilla muy compensada y en la que, sobre todo en la vanguardia, las cosas salieron a pedir de boca, con una de las mejores duplas atacantes de la categoría y de las que no se recuerdan por Lasesarre desde hace años (Sergio Buenacasa y Ander Vitoria) Un equipo bien armado atrás, muy compensado en el centro del campo (otra buena pareja de baile eran los Cerrajería y Baba) y, como ya he dicho, con mucha pólvora arriba. Sin embargo, la parroquia gualdinegra nos tuvimos que confirmar con la clasificación para la Copa (competición, por cierto, que, por el momento, es el gran fracaso de lo que llevamos de curso, tras caer eliminados a las primeras de cambio frente a un tercera navarro, el Mutilvera)

Quizá esa rémora de la pasada campaña y el escepticismo inherente a una plantilla completamente nueva y desconocida es lo que a uno le mantiene desconfiado de cara al futuro. Espero equivocarme totalmente pero es como que tengo la sensación de que tarde o temprano empezaremos a encadenar resultados negativos y caeremos a posiciones más mediocres. En algunos partidos (me estoy acordando ahora contra el Calahorra) es como que se apreciaban las costuras del equipo y parecía que de un momento a otro las hechuras iban a saltar por los aires. Eso sí, mientras tanto, mientras yo me sitúo en una posición quizá demasiado agorera, el Barakaldo de Larrazabal de la actual campaña se empeña en llevarme la contraria. Y, obviamente, me alegro enormemente de que sea así. De hecho, si dejo un hueco a la esperanza de pensar que, quién sabe, a lo mejor en mayo del 2019 igual el Barakaldo está entre los 4 primeros clasificados, es por el hecho de que a la plantilla se le ve muy solidaria entre sí, que pelea hasta la extenuación y que es como que, inconscientemente, quieren vencer a esa impresión de principios de campaña y darnos a todos los escépticos en los morros. Insisto: ojalá sea así.

Lo que ya no es tan increíble es lo del Liverpool de Klopp. La evolución del conjunto del Mersey es magnífica, preciosa y apasionante. De hecho, 2018 queda como año de los de guardar para la hinchada red, aunque faltase el lazo en forma de orejona. Una pena, sí, pero, en cierta forma, disfrutamos (o eso habrá qué decir) la final contra el Madrid, a pesar de todo. Para mí, desde luego fue todo un punto vivirla este año con un bebé recién nacido, un niño cada día más enfermo con el balompié y demás, como ya os conté en Niño adoctrinado y Bebé volador.

En cualquier caso, más allá, como digo, de la guinda de la final de copa de Europa, el año de los de Klopp sigue siendo espectacular. A fecha de hoy y a escasas dos horas de la segunda jornada del Boxing Day que enfrenta al Liverpool frente al Arsenal, los reds son líderes en solitario de la Premier, sacándole cinco puntos al segundo clasificado (el Tottenham), manteniéndose imbatido tras 19 jornadas, ganando 16 y empatando 3, siendo el segundo equipo más goleador de la liga y el menos goleado. Por tanto, ¿es o no es, de momento, un año para enmarcar? Sólo cabe esperar que en el próximo 2019 se mantenga la evolución y llevar algún título a las vitrinas de Anfield (un título de liga tras 39 años o resarcirse de lo del año pasado, aún presente, o, por pedir que no quede, ambos dos)

Para acabar esta pseudomemoria de 2018 en clave futbolero-cienfebrista, podríamos referirnos al Mundial y tal, pero, además de que yo no soy mucho de selecciones, hay un nombre que creo que es más idóneo para este cometido: Nicolás, mi primogénito. No negaré que estoy encantado con que el crío le guste esto del balompié pero, quizá, sólo quizá, no esperaba que fuese a ser para tanto. Le encanta jugarlo, tanto física como fantasiosamente (vaya partidos se juega él solo sin mayor compañía que su propio cuerpo y mente… en realidad, algo ya os conté pero os puedo asegurar que ha ido a más), le ha encantado hacer la colección de cromos de la liga, se ha aprendido los escudos de muchos clubs, te puede decir 5 o 6 nombres, fácilmente, de jugadores de un montón de equipos y, lo que es más flipante, si se encuentra con un partido en la tele, prefiere verlo antes que los dibujos que puedan estar dando en alguna cadena infantil, por no hablar de que ha venido ya a unos cuantos partidos a Lasesarre y el chaval ha aguantado estoicamente a pesar del habitual turre que supone el fútbol de bronce.

En fin, que sí, que encantado y tal, pero me las he visto ya en varias ocasiones diciéndole que hay vida más allá del balón… pues eso, que acabo casi casi como empezaba esta entrada: ¡quién me lo iba a decir a mí!

* en la imagen, el protagonista final del post, Nicolás, ataviado con su zamarra gualdinegra, en Lasesarre, observando a Oscar Prats, el día que nos eliminó el Mutilvera.

Egorecopilatorio Febril Estival 2018 – III

De la Fiebre Gol o categoría que recoge entradas relacionadas con el fútbol.

El Mundial ha sido determinante. Determinante, digo, para crear un monstruo. El monstruo, digo, es mi hijo mayor. Y el monstruo es balompédico. Sí, entre el mencionado campeonato y mi adoctrinamiento, hemos conseguido que el crío se obsesione con el fútbol. A ver, que no me alegra especialmente que el chico ahora sólo quiera jugar a fútbol, que reconozca todos los escudos de equipos de primera o que me inquiera a todas horas sobre futbolistas varios. No me alegra pero he de confesar que tampoco me entristece. Es decir, le cortaré un poco el vacilón, jugaré con él a otras cosas y tal, hablaremos de otros temas pero, en un rato, me bajo a comprarle un sobre de cromos.

Fruto del enfebrecimiento de mi primogénito, este verano conocimos a Pablo, monitor de un campus de Osasuna. Encantador. Dicharachero. Muy educador y educativo todo él. Hizo muy buenas migas con Nicolás, quizá por la vehemencia con la que el niño acudía a él diariamente mientras duró el campus en Azagra y monitores y participantes ocupaban las piscinas municipales unas horas (nuestro principal hábitat en este periodo) a hablarle, pues eso, de fútbol. Así, el último día, Pablo le regaló a Nicolás una pegatina con el escudo del equipo rojillo y un cromo de su hermano, futbolista profesional que hasta este año ha militado en la primera división. Hablando al respecto, esto es, de su hermano, su carrera y demás, se me despertó una bombillita de cara a rellenar algunas páginas del inútil cuaderno mencionado en el primer episodio de este serial. Una idea que, eso sí, llevará su curro: tratar de relatar la vida de muchos adolescentes o pre-adolescentes que por sus capacidades balompédicas tienen que salir de sus casas, de sus pueblos e integrarse en organigramas complejos, sin el apoyo y respaldo de su red familiar más cercana. Escuchar la historia del hermano de Pablo, lo mal que lo pasó en ese proceso, pues eso, me inspiró, si bien, seguramente, ya habrá quien haya hecho una pieza de esas características.

¿Más sobre fútbol este verano? Sí, claro. Nuestra larga estancia en el pueblo llegó a brindarme la oportunidad de ver algunos partidos de pretemporada de equipos de la comarca y del propio municipio. Que vaya cuelgue, me podrán decir por el hecho de tragarme partidos así. Y puede que no les falte razón pero, ¿saben? Hablando con la gente del pueblo observé que para ellos, acudir al fútbol cada domingo, a ver a su equipo, a los chavales de la villa o de municipios circundantes, era un espacio socializador y de ocio. Una actividad concebida para salir de la rutina, para echar un café, un pacharán, charlar con los compañeros y pasar dos horas agradables. Una concepción del fútbol caduca, primigenia, si quieren, que, como todos sabemos, se pierde entre anuncios, mercadotecnia, partidos de la liga española en EEUU y dinero, mucho dinero. De aquel fútbol popular, concebido para la gente del pueblo (literalmente) poco queda si sólo nos fijamos en el fútbol televisado, en el fútbol de relumbrón. Sin embargo, aún quedan, si queremos, esos clubs regionales, del pueblo y para el pueblo, en el que aquel concepto aún se mantiene.

Y el Baraka y el Liverpool, claro. No me extenderé. Del primero, que empieza – ya ha empezado – una nueva temporada en la que, la verdad, uno no está muy ilusionado ni con la plantilla que se ha confeccionado (ojalá y me tapen la boca con buen fútbol y buenos resultados) ni con el enrarecido ambiente que, desgraciadamente, sigue rodeando al club de mis amores. Y del Liverpool, que empieza – ya ha empezado – una nueva temporada en la que los de Klopp han arrancado dando continuidad a la sobresaliente campaña anterior de forma que las tres primeras jornadas se han saldado con victoria red y la puerta a cero, resultados que, de alguna forma, alivia, casi elimina, el escozor de la final de Champions.

Cosecha 2017. El fútbol.

Este 2018 entrante el Athletic Club de Bilbao cumplirá 120 años. Es decir, hace dos décadas, el insigne equipo rojiblanco celebró su centenario. Este 2018 entrante yo cumpliré 40 palos. Es decir, cuando el Athletic celebró sus 100 años yo tenía 20. Cuando yo tenía 20 años, es decir, hace casi 20, mi mirada estaba puesta 19 años más adelante, o sea, en 2017. Cuando el Athletic celebraba su centenario supongo, que no me acuerdo bien, los actos para dicha onomástica se sucederían en toda la provincia: homenajes, charlas, logos, partidos especiales, etcétera… y yo elucubrando cómo sería el 2017, el año en el que mi equipo, el Barakaldo CF, celebrase los 100 años. Ese año acaba mañana y lo que sí es cierto es que el centenario del Baraka ha sido especial pero, desgraciadamente, no de la forma que uno hubiera esperado.

Y eso que la cosa empezó bien. A principios de enero se inauguró el Centenario del Barakaldo CF con una muy emocionante gala en el Teatro Barakaldo. En dicho acto, se rindió homenaje al pasado y al presente de la institución, se miraba al futuro con ilusión, se respiraba una bonita cohesión social e incluso, deportivamente, pese a que en aquellos momentos la marcha del equipo no era la mejor, los logros alcanzados en la campaña anterior le llevaba a uno a sentirse optimista. Eran los primeros días del primer mes de 2017, del año del centenario de nuestro querido club. Días de vino y rosas. Pocas semanas después, todo saltó por los aires.

La destitución por parte de la actual directiva del Barakaldo CF del hasta entonces entrenador, David Movilla, supuso un cisma en el seno de la entidad. Esta decisión fragmentó a la, ya de por sí, diezmada masa social gualdinegra. Deportivamente, la incorporación de Gonzalo Arconada como inquilino del banquillo de Lasesarre en sustitución de Movilla, no mejoró el devenir del equipo que se salvó matemáticamente del descenso a tercera en la última jornada. Ante tal medida, además de lo enrarecido del ambiente, se sucedieron los dimes, diretes, ruedas de prensa, comunicados, asambleas extraoficiales, asambleas oficiales y denuncias. El centenario, insisto, a tomar vientos.

Por más que a partir de todo aquello se tratase de devolver a la entidad una cierta tranquilidad y que se organizasen actos para celebrar el cumpleaños, todo se había ennegrecido demasiado. Muchos con el cuchillo entre los dientes ante cualquier movimiento de los otros y los otros en una actitud absolutamente a la defensiva ante cualquier comentario de los muchos. Los socios y socias del Barakaldo CF, insisto, partidos por la mitad.

La llegada de Larrazabal como nuevo máximo responsable técnico con el inicio de la nueva campaña tampoco es que haya generado especial ilusión. Personalmente, no veía ni veo ahora un bagaje y una experiencia en el de Loiu como la que me hubiese gustado para dirigir la nave gualdinegra, aún más cuando las aguas bajan turbulentas por Galindo. De hecho, muchos rumores apuntan a que la venida del ex lateral izquierdo del Athletic responden más a intereses económicos que a deportivos, toda vez que al Barakaldo le toca indemnizar al ex míster, Movilla, con casi 83.000 euros, después de que la justicia haya acreditado, en dos instancias, que el despido del entrenador fue improcedente.

Sea como fuere, la temporada 17-18 ha empezado de forma irregular, poco ilusionante, pese a que justo al final de año se ha recuperado algo de fuelle de cara a afrontar la segunda vuelta. Esa desilusión se entremezcla un poco con una sensación de frustración dado que se tiene la impresión, en general, que este año el equipo goza de una plantilla llamada a hacer grandes cosas. Quizá tenga que ver el tema del apotema que, de una forma u otra sigue sobrevolando todo el entorno del club.

Y el centenario, decíamos. Pues, volviendo al principio, creo que no nos hemos acercado a lo que consiguió el Athletic hace casi 20 años.Obviamente, ese no podía ser el objetivo por una mera cuestión de que nuestro club no dispone de los mismos recursos ni de los mismos apoyos que la entidad de Ibaigane. Pero, a pesar de ello, no sé, me quedo con la sensación de poca capacidad de creatividad, de implicación, de iniciativa. Y lo digo a sabiendas (de manera directa) de la existencia de una comisión del centenario a la que, me temo (la abandoné antes de que empezasen a concretarse asuntos), no se le ha hecho caso en muchas de las propuestas que se planteaban. El partido del centenario contra el propio Athletic (cuando en asamblea se había sugerido que fuese otro rival), cobrando a los socios, con un logo elegido de una forma, cuanto menos, poco profesional, poca visbilización en la calle, pocas actividades para difundir la efeméride por el pueblo, por sus barrios… ni un documental, ni un serial de entrevistas, ni un… no sé. Quizá (lo pensaba esta mañana mientras asistía a contemplar un partido entre la primera plantilla y jugadores históricos que han vestido la zamarra gualdinegra, una bonita iniciativa, por cierto) esta impresión sería distinta si toda la movida iniciada en marzo, si la división del club, de su masa social, etc, no hubiese ocurrido. Creo que si nada de esto hubiese pasado y las actividades para conmemorar los 100 años hubiesen sido las mismas, el sabor no sería tan agridulce como el que ahora tengo, a poco más de 24 horas de que acabe el año del centenario. Inolvidable ha sido, eso seguro, aunque, visto lo visto, mejor olvidar.

Y si nos ponemos beligerantes, ¿a quién culpabilizar de todo este desaguisado, a quién responsabilizar de que el centenario sea como haya sido, sobre todo en cuestiones que no deberían haber tenido nada que ver con el mismo? Este club, el Barakaldo CF, pese a pertenecer a una ciudad de alrededor de 100.000 habitantes, lo vivimos muy seriamente mil y pico seguidores. Somos una pequeña localidad en la que todos nos conocemos y en la que el teléfono descacharrado funciona de maravilla, o sea, muy mal. Eso provoca que las versiones de unos y de otros circulen de un lado a otro golpeando a diestra y siniestra. Nadie explica nada. Nadie habla claro. Creo que la directiva lo tenía que haber hecho. Tenía que haber sido mucho más explícita a la hora de argumentar el porqué de una decisión que sabía (lo tenía que saber) que iba a alterar tanto a la institución. No vale que nos quedásemos con la coletilla de “os vais a enterar cuando se sepa todo”. El centenario acaba y, de momento, lo único que sabemos, lo único objetivo en todo esto es que el Barakaldo CF, su actual junta directiva, ha sido condenada a indemnizar al anterior entrenador por despido improcedente. Eso le cuesta a las ya de por sí depauperadas arcas del club 83.000 euros aproximadamente, cerca de un 10% del presupuesto anual, pese a que este gasto ya se ha contemplado en el presupuesto de la temporada actual. ¿Responsabilidades? No.

En fin, voy a dejarlo ya. Mi intención era exponer que este año estaba marcado en rojo en mi calendario vital-gualdinegro y que, desgraciadamente, se ha ido al garete. Que no es más que una fecha, que intentaremos disfrutar del año 101 y del 102 y del 103…, que a pesar de todo, seguiremos estando ahí (subjetividades emocionales a menudo incoherentes que a uno le hacen mantenerse con lo que ama) y que ojalá en la cosecha 2018 el tono pueda ser otro bien distinto, aún con la certeza de haber tenido el privilegio de vivir una efeméride que ya no volveré a vivir.

¿Hay vida balompédica más allá del Baraka? La hay, en clave red, claro. La era Klopp del Liverpool sigue su curso con ilusión deportiva (plagada de sustos) aunque un poco decepcionado porque el conjunto a la orilla del Mersey se sumerge en los preceptos del (odiado) fútbol moderno. Y sí, que ya sabíamos que jugaba en esa liga (y nunca mejor dicho) pero quizá es que aún ando un poco resquemado con la noticia de hace apenas 48 horas de que el Liverpool FC ha pagado la friolera de casi 84 kilopondios al Southampton por el defensa holandés Van Dijk, convirtiéndose desde entonces en el zaguero más caro de la historia. Y que sí, que se me pasará, que además era necesario reforzar esa línea (¿por tanto?) y que si el tulipán funciona y la defensa se arregla puede ser un equipo llamado a ganarlo todo habida cuenta de la calidad que atesora de tres cuartos de cancha para adelante, etc… pero que, pffff, que sigo prefiriendo a mi Baraka, con todos sus defectos, que este tipo de movimientos.

Y eso, que este 2017 se ha producido la barrabasada padre en lo que se refiere a tema pasta con el obsceno traspaso de Neymar al PSG, movimiento que, al fin y al cabo, un equipo como el Liverpool, acabe pagando equis por un defensa. Por ello, porque más allá del Baraka, tampoco hay mucho más que me interese en el fútbol-espectáculo (pero no seré hipócrita: a ver si me bajo al bar a acabar de ver el Liverpool – Leicester) por lo que, tras todo lo dicho, aquí lo dejo.

* En la imagen, la preciosa camiseta del centenario del Barakaldo CF, lucida por el capitán del equipo, Galder Cerrajería, el día de la gala.