Cienfiebres #7: Jazz Fever

De la expresión “uf, éso es demasiado jazz” a la boutade “voy a vender todos mis discos menos los de jazz y sólo voy a escuchar esa música” han pasado unos 20 años. El autor de ambos testimonios soy yo y entre ellos hay una importante evolución en mi relación con el jazz.

De esto va el séptimo de Cienfiebres Musicales. De mi convivencia con un género musical que se ha convertido en una de mis fiebres recurrentes y que cuando me golpea lo hace con fruición.

Suenan: Quincy Jones: One note samba // Shirley Scott: ‘Taint What You Do (It’s the Way That Cha Do It) // Jimmy Smith: The cat // Bobby Timmons: Moanin’ // Art Blakey & The Jazz Messengers: Blues March // Lee Morgan: Eclipso // Woody Herman & The Herd: The Sidewinder // Eddie Jefferson: Psychedellic Sally // Horace Silver: Serenade to a soul sister // Johnny Lytle: Babo // Art Blakey & The Jazz Messengers: Jimerick // Bobby Watson: Keepin’ it real // Charlie Parker: Now’s the time // Los Bravos: Show me // Los Pekenikes: Nobles contra villanos

Eddie Jefferson “Psychedelic Sally”. Mi Banda Sonora.

Un momento concreto, espontáneo, inesperado puede definir la banda sonora de un periodo. Un buen rato puede hacer que una canción se convierta, por ejemplo, en el himno de unas vacaciones. Este año ha vuelto a ocurrir.

Oporto. Ciudad bellísima que hemos tenido la oportunidad de conocer y disfrutar hace unas pocas semanas. Su decadente arquitectura y casco histórico, su vida a las orillas del Duero y su vida a través de sus bares, sus restaurantes, su comida, su vino, su ambiente… En fin, un enclave que, sin duda, merece la pena ser visitado.

En el tercer día de nuestra estancia en Oporto, habiendo visitado ya lo esencial, la chica que nos alquila el apartamento nos sugiere una visita al Palacio de Cristal. Al parecer, con motivo de la feria del libro de la ciudad, hay programados unos conciertos gratuitos de jazz. Decidimos seguir su consejo y dar un paseo disfrutando de lo que vayamos encontrando sin mayores pretensiones que la de llegar al lugar indicado.

Así, de camino a dicho parque, nos perdimos por calles y avenidas hasta que llegamos a unos jardines que creímos albergaban ese concierto. No ponía en ningún sitio que ese lugar fuese el del Palacio de Cristal; la hora a la que llegamos tampoco coincidía con la que nos había anunciado nuestra arrendataria; ni siquiera el estilo de música que emanaba de un escenario coincidía con un sonido jazzístico al uso, al tratarse de melodías más propias del rythm’n’blues.

Sea como fuere, allá que fuimos. Bajamos a una poblada explanada frente a una especie de escalinata sobre la que una banda blanca de sonoridad negroide ambientaba a un ecléctico público: gente guapa, jóvenes y mayores, muchos niños y niñas, tirados sobre el césped, degustando cerveza, vino y ágapes varios que servían desde una especie de txozna anexa.

Nuestra llegada empujó a Nicolás a entablar relación con algunos de los niños que brincaban y bailaban al ritmo del Hammond. Un niño rubio, Tomás, de madre alemana-barcelonesa y padre portuense, fue el principal compañero de juegos de nuestro vástago.

El supuesto concierto de jazz finalizó al poco de llegar pero el ambiente en esos jardines no decrecía. Las vistas al Duero, el precioso lugar, la tenue luz del atardecer, la Super Bock que degustamos mientras disfrutábamos viendo disfrutar a Nico y la pericia a la hora de seleccionar canciones por un DJ que había retomado el protagonismo musical a golpe de vinilo, estaban convirtiendo la tarde en uno de los momentos más mágicos de nuestra estancia en Oporto.

Y sí, sé que lo que estoy describiendo no era algo consustancial a la propia ciudad o, dicho de otra forma, podría ser algo susceptible de ocurrir en cualquier otro lugar preocupado por organizar actividades de ese tipo en espacios como ese pero estaba sucediendo allí y entonces y, si a lo atractivo del momento y el lugar le unimos la inherente exaltación que se hace a todo lo que a uno le ocurre cuando está de vacaciones, además de mi predicado cienfebrismo, da como resultado ese calificativo de ‘momento mágico’.

“Psychedelic Sally” de Eddie Jefferson. Esa fue la canción que más me entusiasmó de las que se pincharon aquella tarde y, por tanto, vinculado a todo lo dicho, la banda sonora ideal para el susodicho momento. Sonaron otras (recuerdo, por ejemplo, “Let’s wade in the water” de Marlena Shaw) pero aquella me atrapó y encendió y quedó indefectiblemente unida a mi primera (y espero que no última) visita a la ciudad de Oporto.

Este trallazo, este “Psychedelic Sally”, es una versión del tema de Horace Silver al que el señor Jefferson puso letra con maestría, como hizo con otros jazz standards, como, por ejemplo, el “So What” de Miles Davies. Un artista, Eddie Jefferson, por el que, como ven, he indagado un poco gracias a nuestras vacaciones en Portugal (Jefferson acabó asesinado en 1979 justo al acabar un concierto en la ciudad de Detroit) y del que ya me he hecho con el LP “Body and soul” (título que proviene de otro cover que hace del tema homónimo de Coleman Hawkins). En fin, el cienfebrismo es esto, amigos.

Añoranzas febriles de unas aún recientes vacaciones. Ay. Añadiré, para acabar, que, después de ese gran rato, comprobamos que no estábamos en el parque del Palacio de Cristal y que no asistimos a los conciertos de jazz que nos habían indicado. No estábamos lejos, por otra parte. Disfrutamos de las Jameson Lazy Sessions Porto en el Jardim das Virtudes, un evento al aire libre que se ha celebrado las tardes de los sábados de julio a septiembre. Más concretamente, pudimos disfrutar de la última de esas sesiones y de un poco del concierto de Oliveira Trio y de la fantástica sesión de Pedro Tenreiro. Bendita equivocación (que fue subsanada al anochecer)

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* Imagen que pretende mostrar lo que contaba que ocurría en el Jardim das Virtudes.

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* Pedro Tenreiro amenizando la tarde.