En Lontananza. Una buena historia bien merece saltarse las reglas.

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Ya hacía tiempo que no subía una entrada promocionando En Lontananza en el blog. Pero como el de hoy ha tenido un carácter especial, aquí lo traigo.

Como escucharéis, no disfruto ahora mismo de las condiciones para mirar En Lontananza tal y como dictan las (mis) normas de este podcast. Pero, a pesar de ello, toparme de forma fortuita (y cotilla) con una buena historia (posiblemente mal trasladada), supone saltarse a la torera la filosofía de este espacio.

Cuando escuchéis este capítulo, lo entenderéis todo y, ya de paso, veréis que os avanzo la próxima puesta en marcha de un nuevo juguete.

Hoy me he ido casi hasta un cuarto de hora. Las condiciones me han empujado a extenderme. Espero que os guste.

Cienfiebres Musicales #61. Cosecha 2021 (y IV)

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¡Feliz Navidad!

Llegamos al último episodio de mi Cosecha 2021, dedicado a realizar un resumen del año. Última parte de los cuatro especiales, último capítulo del año y último episodio de la temporada. Nos despedimos hasta febrero con esta banda sonora:

LOS REELS: Esta Navidad

LOS HERMANOS CUBERO: Problemas a los problemas
ANGEL STANICH: Rey idiota
MT. MISERY: The dreaming days are over
APARTAMENTOS ACAPULCO: Alguien normal
FOREIGN CORRESPONDENT: Crying in your sports car

THE FREE DESIGN: Christmas is the Day
DURAN DURAN: Girls on film
JOSERRA SENPERENA/HARKAITZ CANO/MIKEL AGIRRE: Sendero a la cascada
LAS CHINCHETAS: Ya llegó la navidad

THE BATS: Field of vision
BANANAGUN: Taking the present for granted

CHUCHO: Magic
LA BUENA VIDA: Después de tanto tiempo

Cienfiebres Musicales #55. De LFA DJ’s a lucce DJ pasando por DJ Papas.

La invitación a poner unas canciones en la presentación en sociedad de Esmerinda, me subió la fiebre en clave biográfica pensando en mi exigua e irregular trayectoria como pinchadiscos, recorrido que hoy comparto con vosotras y vosotros en la primera parte del programa y con la siguiente banda sonora:

MOGWAI: Auto rock

GEORGIE FAME: Somebody stole my thunder
GEORGE BENSON: Sunny
THE DECEMBERISTS: Sixteen Military Wives
THE DIVINE COMEDY: I like
THE HONEYBUS: Tender are the ashes
ESMERINDA: Violeta

BELLE & SEBASTIAN: Me and the major
HALCON: Te quiero, te quiero, Mimi yo te quiero
PARADE: Letras, canciones, literatura

BEACH HOUSE: Once twice melody
THE VERY MOST: Six different ways of saying the same thing
LAURA RAIN & THE CAESARS: Rise again

ROBYN HITCHCOCK: Mad Shelley’s letterbox
MIQUI PUIG: La xxx canción de amor en la que el chico gana

CAROLINA DURANTE: La noche de los muertos vivientes

El verano de las ratas

Veo mis pies a través de las cristalinas aguas de la cala. No hay algas, la mar no está revuelta. Algunos pequeños peces. Arena  finísima. Entorno espectacular, natural, bello, idílico.

Veo a otros bañistas. Piel dorada, cuerpos escultóricos, pelazos, trajes de baño impolutos y a la moda. Incluso aunque emerja alguna calvicie y alguna barriga, mantienen un halo de cierta clase, no desentonan en ese entorno.

Veo las escasas edificaciones circundantes. Casas bajas, con amplios jardines y enormes ventanales orientados al océano. Bonitas bicis aparcadas en la  entrada. Un precioso labrador de pelaje blanquecino retoza junto a la piscina.

Me sobreviene un fragmento de la canción “Siempre brilla el sol” de Guille Milkyway:

Y todas las mañanas (voy a salir)

A ver si me haces caso (y quieres venir)

A pasear en bicicleta, por el pueblo,

El mar es tan bello desde allí…

Veremos las barcas,

Que durante el verano descansan

Y dejan paso a los chicos que hacen surf con frenesí…

Me gusta ver mis pies entre el agua cristalina, la gente guapa, las bonitas casas de verano y la canción de La Casa Azul. Me gusta verme aquí, pero no puedo evitar que me invada una sensación como de que, en realidad, no formo parte de todo esto, que este no es mi verano, que este no era mi verano. Mi verano era, fue otro. Nuestro verano. El verano de las ratas.

Veo un autobús atestado hasta los topes, en el que huele a sudor, a tarteras con tortilla, a botellas gigantes de refrescos gaseosos. Niños gritando, adolescentes con acné, viejos con hamacas y camiseta Abanderado estilo Imperio. Riñoneras de cuero y bañadores cantosos. Media hora o más de viaje.

Veo una bandera roja. Agua revuelta, sucia, espumosa. Cielo plomizo. Playa grande. Algas, maderas, botellas de plástico. Un parking lleno. Radio cassettes portátiles con música bakaladera o jevi o de rock urbano. Litronas. Miradas desafiantes entre cuadrillas. Barrigas. Calvas.

Veo altísimas chimeneas. Humo. Mal olor. Arena tiznada de residuos de coque o lo que sea que sale de la refinería. Piel oscurecida que vuelve a su color natural cuando te duchas al volver a casa, tras otro largo viaje en autobús en el que los olores se han intensificado.

Me sobreviene un fragmento de la canción “Ratas en Bizkaia” de Eskorbuto:

Somos ratas en Bizkaia

Somos ratas contaminadas

Y vivimos en un pueblo

Que naufraga, que naufraga, fraga, fraga

No me gusta el autobús, ni las nubes negras en verano, ni el moreno desapareciendo de la piel por el desagüe de la bañera. No me gusta todo eso, pero no puedo evitar vivirlo como propio, sentir que ese era mi verano, nuestro verano, el verano de las ratas.

Diario vacacional pandémico. Y siete.

La importancia de la buena gente
para valorar algo positivamente

Pese a que un plomizo cielo nos dio la bienvenida esta mañana a nuestra llegada al aeropuerto de Loiu, parece que las deidades cantábricas se han confabulado para hacer menos traumática la transición del sol balear al clima norteño, de tal forma que se ha quedado una tarde estupenda. Temperatura y ambiente ideal para tomarme una cerveza en la terraza, mientras oigo al mayor representar un partido de la selección sub-21, veo al pequeño dibujar garabatos y a Ana leyendo el último libro de Nickolas Butler. Y sí, sigo sin tabaco. Con este contexto, decido poner el punto y final al diario vacacional pandémico.

Un epílogo que adquiere cierto carácter de evaluación. Desde la distancia y con las consabidas preguntas de familiares y amigos de qué tal, la respuesta sincera es un muy bien. Qué decir si no. Los niños han disfrutado como gorrinos en un maizal, nosotros hemos podido desconectar y descansar. Hemos vuelto morenos, supongo que – al menos yo – con kilos de más y con la sensación de que este plan vacacional (esperemos que lo de pandémico haya desaparecido ya el próximo verano) será replicable en años venideros.

Cierto es que, como he comentado en alguno de las entradas previas, hay algún momento de bajona en este modelo turístico desde la perspectiva de pensar en que los planes improvisados, el cambiar de un sitio a otro, el moverse con cierta libertad y la expectativa de encontrarse con algo o con alguien que te altere lo planificado han pasado a mejor vida o, al menos, hasta que los chiquillos tengan edad para poder plantear algo parecido o, yendo más allá, hasta que empiecen a viajar por su cuenta. O sea, mucho. Aún así, ya digo, esta primera experiencia de hotelconpulserayclubinfantil ha estado muy bien.

En ese sentido, además, creo que da un poco igual el destino. Como creo que también he comentado en este diario, Ana y yo estamos enamorados de la isla de Menorca y esta era la cuarta vez que vamos, pero es la primera en la que, prácticamente, no hemos salido del entorno de Son Xoriguer. Vamos, prácticamente, no hemos salido del hotel, más allá de unas rápidas visitas a la playa. Por ello, cuando volvamos a elegir este formato de vacaciones, lo fundamental no va a ser el destino en sí, si no el poder disponer de unos buenos toboganes acuáticos y un buen bufé.

En cualquier caso, también quiero reseñar que el hecho de que la evaluación de esta semana en Menorca tenga este carácter positivo también ha contribuido el hecho de encontrarnos en el complejo con muy buena gente con la que hemos compartido estos días. Dani, Isa, Saioa, Mauro, Bea, Marco… precisamente, en una tertulia con mi amigo Dani hace un par de noches, hablando de viajes y de ciudades y tal, yo insistía en que el valor de las mismas, en mi caso, venía determinado por las personas y las experiencias con las personas que me he encontrado en los diferentes lugares. Es decir, aunque objetivamente una ciudad pueda ser fea o caótica o poco amable o yo qué sé, si ese destino se vive con gente maja, hospitalaria y amigable, la perspectiva de ese lugar, al menos en mi caso, cambia para bien. Y por ello, estas personas con las que hemos compartido baños en la piscina, pelotazos en la terraza y demás momentos familiares, han contribuido a que un plan como el del complejo turístico todo incluído enfocado al ocio familiar e infantil, al que acudía con ciertas reservas, me/nos haya dejado buen sabor de boca.

Y bueno, pues eso, que c’est fini. Que me he dejado menciones a los bichos bola, a las salamandras, al camarero andaluz enjuto y con pelazo que podría arrancarse por soleares de un momento a otro, a varias camisetas de equipos ingleses ignotos con los que muchos guiris hooliganescos desfilaban entre las hamacas y demás… pero yo creo que ya es suficiente. El compromiso era por una semana, como reacción a una apetencia a realizar una especie de relato diario de estas peculiares vacaciones.

Aún me quedan unos días de asueto, pero, más allá de que, puntualmente, pueda lanzarme a escribir algo que me surja, este Diario vacacional pandémico (lo pandémico ha quedado en un segundo plano, lo cual habla bien de esa desconexión que decía antes) acaba aquí y ahora. Gracias a todas y todos los que habéis leído estas siete entradas y gracias por vuestras amables palabras. Me alegra saber que a muchas de vosotras y vosotros os ha gustado.