Fragmentos oníricos. 13 de febrero.


Loli me pregunta cuándo van a empezar con las canciones más disco. Yo le respondo que es un concierto en el que van a tocar íntegramente el Trafalgar. No sé por qué sé que ese concierto de los Bee Gees lo he organizado yo. No sé por qué, pero lo sé.

Aparezco en la fila más cercana al escenario. No hay personal de seguridad. Tres amigos le están pidiendo kalimotxo al batería de los Bee Gees. No sé por qué sé que es el batería de los Bee Gees, pero lo sé. El músico no entiende nada y pone cara de que no entiende nada. Mis amigos deciden irse. Yo les digo que me esperen, que voy a pedir una cerveza al batería de los Bee Gees. No me hacen caso y se van, se van del bolo de los Bee Gees en el que están tocando íntegramente el Trafalgar.

Me enfado. Mucho. Me mosqueo de verdad. Tal es la indignación que me invade que me despierto.

Birmania

Cuando por fin decidimos ir de viaje a Birmania, nos dijeron que había que mandar una carta a uno de los generales. Y que, además, en esa carta, yo no podría ser Educador Social ni Ana doctora. Que les iba a costar entenderlo. Me transformé en abogado y Ana cambió a categoría de enfermera.

Cuando llegamos al aeropuerto de Rangún o Yangon, lo primero que me llamó la atención fue que nos recibieron unas mujeres ataviadas con uniforme militar caqui, falda y calcetines blancos sobre zapatos de tacón negros. Un look bastante extremo para recoger nuestros visados de turista y nuestros pasaportes.

Cuando íbamos por las calles de la capital o de Mandalay o de alguna otra gran ciudad, nos sorprendía la gran presencia de monjes y monjas budistas, casi en cualquier sitio. Pese a vivir en una dictadura militar, la presencia de soldados no era tan evidente, pese a que nuestra guía nos decía, siempre bajando la voz, que estaban, siempre estaban.

Cuando ella, la guía, de cuyo nombre no logro acordarme (sí me acuerdo que aprendió español en Salamanca y que era muy glotona y le encantaba comer), se atrevía a hacer algún comentario cercano a lo político, siempre en algún lugar en el que no hubiese nadie cerca y siempre bajando el tono, lo hacía para rendir pleitesía a la Señora, Aung San Suu Kyi, lideresa de la oposición a los militares en aquel entonces, miembro del gobierno desde 2016 y símbolo de la democracia del país asiático. Y Nobel de la Paz, por cierto. Una Nobel de la Paz que, sin embargo, ha sido cuestionada por su inacción ante la “limpieza étnica” de los Rohingya en su país.

Cuando pasamos cerca de un arrozal, me pareció ideal sacar una foto a un nutrido grupo de agricultores que se afanaban en recoger el cereal. Rápidamente, nuestra guía me recomendó no hacerlo ya que, según me dijo, aquellos recolectores eran presos. Poco después de aquella advertencia, vimos como un coche era parado por una patrulla militar. Al parecer, según nuestra guía, es posible que a los que iban en aquel coche, se les hubiese ocurrido lo mismo que a mí. O sacar una foto a un puente o tratar de acceder a algún lugar prohibido por los soldados.

Cuando regresamos a casa tras más de tres semanas recorriendo ese maravilloso país que es Myanmar o Birmania, caía en el tópico de la sonrisa de sus habitantes, en la amabilidad de sus gentes. Tópico que, no por serlo, deja de ser menos cierto. También hablaba del hecho de que por vivir bajo una dictadura militar, la influencia occidental era menor y eso lo hacía aún más atractivo, pero que, aún así, ojalá sus habitantes obtuviesen pronto la democracia.

Cuando estuvimos en Birmania fue en 2009, en nuestra luna de miel. Varios años después recuperaron cierta “normalidad” democrática, la cual, desgraciadamente, se ha vuelto a ver truncada hace escasos días. Me da mucha pena pensar que algunas de las escenas descritas puedan repetirse de nuevo, aunque seguro que la sonrisa de los birmanos siga iluminando ese país que, desgraciadamente, está de actualidad estos días.

* La imagen que acompaña este texto es una de las muchas que hice en aquel viaje. Esta es en alguna pagoda de la zona de Bagán.

Fragmentos Oníricos. 3 y 5 de enero de 2021.

No me suelo acordar de lo que sueño. Me fastidia porque, aunque a veces pueden ser desagradables o molestos, me parece algo fascinante. Por eso y por algo que leí hace poco en no sé dónde, me he puesto como propósito para 2021 crear un Diario Onírico; un registro de mis sueños en una libreta que dejo en la mesilla o en el móvil, de las imágenes que recuerdo de ellos según me levanto. Y trasladarlas aquí, a Cienfiebres, claro.

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Donde hay confianza da asco

No sé si a vosotros también os pasa, pero creo que somos demasiado exigentes con las personas que tenemos más cerca. Lo pensé el otro día al acabar la lectura de un libro escrito por un autor conocido y al que aprecio. Tengo la sensación de que lo leí presto a encontrar fallos, a detectar errores, predispuesto a darle más caña. Creo que es un comportamiento inconsciente que no me surge ante las obras de escritores a los que no conozco personalmente. Es como si por el hecho de que sea una persona cercana quien ha tenido la facultad de conformar una historia por escrito, haya que atribuirle una especie de presunción de culpabilidad.

Podría decir lo mismo de amigos o amigas que forman parte de bandas de música. Escuchas sus composiciones con mirada aviesa, con el ceño fruncido, con una actitud más crítica, preparado para despellejarlo. Y, evidentemente, es importante cómo se encara, con qué predisposición se afronta una audición o una lectura. Porque luego puede sorprenderte, sí, pero hay muchas probabilidades de que la expectativa negativa se cumpla. La profecía autocumplida y tal.

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Primeros peros de 2021

1 de enero de 2021.

Me he despertado muy pronto. No me acosté demasiado tarde, pero sí lo suficiente como para considerar que he madrugado en exceso.

Un leve dolor de cabeza me recuerda que bebí bastante vino. No demasiado, pero sí lo suficiente como para llevarme a pensar en las monstruosas resacas de hace años a las cuatro de la tarde de año nuevo.

Mirando por la ventana compruebo que no hay demasiados restos de serpentinas, guirnaldas, fragmentos de petardos. La calle no está excesivamente sucia, pero sí lo suficiente como para intuir que anoche fue Nochevieja.

Mirando por la ventana veo que, para ser año nuevo a las 09:00 de la mañana, hay bastante gente haciendo deporte y paseando al perro. No es tanta como cualquier otro día, pero sí la suficiente como para adivinar que esta no ha sido una despedida de año como la de otros años.

A eso de las 07:15 de la mañana, pero siendo aún de noche, he oído a un grupo de chavales y chavalas hablando en un tono elevado debajo de casa. Me he asomado y ahí estaban, vestidos de gala, con signos de embriaguez. Me ha molestado, lo admito, la irresponsabilidad de estos chicos y chicas saltándose las normas impuestas por la pandemia; y también el ser consciente de que habrán proliferado los cotillones clandestinos, pero no puedo evitar empatizar con su momento, con su edad, con sus ganas de fiesta y entender su (tópica) tendencia a saltarse las normas del mundo adulto (y eso que, seguro, en general, la mayoría de jóvenes habrán cumplido)

Arranco 2021 con peros.

Buenos días. Feliz año.

* ¿La imagen? De las Paredes que Hablan, claro.