Diario Vacacional (¿post) Pandémico. Cuatro.

Si le meto un filtro sepia, pasaría por foto de los 70

Este año los chiquillos están llevando mejor lo de ir a la playa. Ayer decidimos movernos un poco más y acercarnos a la de Cala’n Bosch y sólo protestaron 342 veces frente al casi medio millar del verano pasado. En nuestra anterior visita a dicho arenal, nos quedamos un poco así porque el agua estaba un poco revuelta y no la vimos al nivel de otras bellísimas calas de la isla. Ayer, en cambio, vivimos un stendhalazo al llegar por el Camí de Cavalls y sorprendernos con lo cristalino de sus aguas, la finura y lo blanco de su arena, los colores turquesa, etc… En fin, paradisíaco.

Pasamos buena parte de la mañana en Cala’n Bosch. Uno de los mayores entretenimientos que obtuvimos fue el de presenciar saltos de intrépidos e intrépidas jóvenes que desde los peñascos adyacentes a la playa demostraban su valentía saltando desde equis metros de altura a las preciosas aguas de la playa. Típica actividad que asocio a mozos oriundos del villorrio pesquero, rollo ritual de apareamiento con el que llamar la atención de la hembra, pero en el que, sin embargo, ayer tomaron parte cantidad de guiris.

Afortunadamente, nadie se partió la crisma y hubo algunos que se tiraban en plan rollo clavadista de Acapulco. Pasote. Nicolás y yo, desde el agua, haciendo el bobo, nos pusimos a retransmitir, cuales periodistas deportivos, los susodichos saltos y no debimos hacerlo mal a tenor de las sonrisas y atención que despertamos entre los bañistas que nos escuchaban.

También se despertaron en mí sudores fríos al ver en la arena a una vendedora ambulante de piña, coco y demás frutas estivales. Por qué, os preguntaréis. Porque me retrotrae a una anterior visita a esta isla, concretamente yo creo que fue en Cala’n Turqueta, en la que compré sendas rodajas de sandía y en el trayecto del vendedor a nuestra toalla, apenas unos metros, y con la habilidad manual y de manejo de mercancías que me caracteriza y que mis amigos y familiares conocen bien, acabé tirándolas a la arena antes de llegar a destino. Clásico momento luceñesco, vamos. El ambulante, al verlo, me cortó otras dos y me las regaló y sufrí de lo lindo hasta llevarlas a buen puerto. Fue gracioso, además, que, tras dejar la fruta a salvo con Ana y regresar para pagar al muchacho, éste, al ver que me acercaba de nuevo a él, exclamó con vehemencia gitana un «¿OTRA VEZ?», pensando que se me había caído de nuevo. En fin, recuerdos refrescantes y ridículos al ver a la chavala vendiendo fruta.

Hablando de ridículo… he bailado. Sí, amigos y amigas. Quizá llevado por el estupendo rato en Cala’n Bosch, al llegar a la piscina y comprobar que las monitoras y monitores convocaban a la chiquillada en la piscina pequeña a los bailes de todos los días, he acompañado a Telmo a dicha actividad y no sé cómo pero me he venido arriba. Obviamente, he tratado de seguir la coreografía que iba con la canción esa de ‘Tambor-tambor’ (desconozco el título y no me pidan que lo busque) y, evidentemente, ni he sido capaz de seguir el ritmo, ni los movimientos ni nada. Los dioses se olvidaron de mí al repartir las habilidades de baile y de transporte de fruta en playas. Supongo que, desde fuera, habrá sido un espectáculo lamentable. Si ya me advirtió en su día mi profesora de ‘Danza, expresión y dramatización’ (sí, amigos, me matriculé en dicha optativa porque era una María) que tengo menos ritmo que el tronco de un árbol. En fin, como decía mi querida madre, «para que querrá la zorra campanillas si no sabe tocarlas», versión santiagueña del «si no sabes torear pa’ qué te metes».

Hablando de santiagueño… hemos pasado buena parte de la tarde con los vecinos de barrio con los que hemos coincidido en el hotel (la familia materna de ella es del mismo pueblo de mis padres). La tertulia con ellos se ha producido al borde de la piscina grande de la que Nicolás prácticamente no ha salido. Él, David, viendo el estilo de natación de mi primogénito, ha procedido a darle algunas lecciones de estilo. Decisión que habrá tomado, supongo, al ver el mío a la hora de nadar. Tampoco debía andar yo cerca cuando los dioses adjudicaron esta capacidad. Tras sus consejos, le he preguntado si le mola nadar y tal y nos ha contado que hace triatlones. Su cuerpo esculpido, desde luego, corrobora esa afirmación. He asentido, le he dicho que qué guay y que vaya dureza, que en su día me dió por salir a correr y tal y todo mientras trataba de ocultar mi tolva y mientras pensaba en por qué no me dará a mí por salir a las mañanas en vez de estar aquí, dándole a la tecla, compartiendo chorradas.

En fin, la jornada ha finalizado con cine de verano para los críos. Cine de verano para los críos = café y copazo en tranquilidad. Y paseo sosegado hasta la playa. Y los chiquillos tan contentos. O sea, un win-win en toda regla. Hay que decir que les han cortado el final de la peli de forma flagrante. Quedarían unos 10 o 15 minutos de peli cuando una de las monitoras ha exclamado un «se acabóoooo, chicoooooos» y han parado el vídeo. Y los niños y niñas ahí, tan tranquilos. ¡Maldita sea! Ni una propuesta, ni un sólo conato de levantamiento popular ante tamaña injusticia… ¿y estos son los que han de pelear para sacar esta sociedad adelante? Si hasta he pensado yo en liderar una revuelta, pero luego he reflexionado y me he dicho que bastante ridículo he hecho a la mañana con el baile como para seguir poniendo en evidencia a mi familia.

Hasta aquí la jornada. ¡Ánimo! Ya sólo os/me quedan tres.

Diario Vacacional (¿post?) Pandémico. Tres.

Aquí, esperando acontecimientos

La familia duerme, tengo wifi, terraza, tabaco, bla, bla, bla… repetitivo, ¿verdad? Desgraciadamente, algo así he sentido yo en este tercer día de periplo vacacional. Repetición, rutina, día de la marmota. Playa, piscina, caña, playa, piscina, caña, etc… el plan es parecido al del año pasado, claro, y los críos disfrutan, sí, pero hoy, por lo que sea, se me ha hecho cuesta arriba. Y eso que alguna novedad he introducido en la jornada.

Por ejemplo, esta mañana del tercer día, tras publicar la entrada dos de este diario, me he ido a andar yo solo por ahí. Ese paseo me ha llevado a lugares feos y, en cierta forma, lo he agradecido; quiero decir que, quizá por lo dicho de la rutina, toparme con una especie de descampado, plagado de maleza, con coches medio abandonados cerca, restos de algo de basura y demás ha roto con el entorno idílico que estamos acostumbrados a disfrutar estos días. Este garbeo realizado en torno a las 07:30 de la mañana, me ha llevado a pensar en el tipo de situaciones y escenas que me toparía a esas horas paseando por Barakaldo en plenas fiestas: zombies demacrados de voltereta. Ay, parece que siento nostalgia de lo desagradable.

Durante el camino, me ha molado ver a personal de otro hotel cercano al nuestro departiendo amigablemente entre ellos, mientras echaban un café y fumaban un pitillo. He pensado en la temporalidad de muchos de esos curros, muy estacionales, y en las buenas relaciones que surgirán. Yo veo a los jóvenes monitores y camareros de nuestro hotel, muchos de ellos de fuera de la isla, y me los imagino quedando para salir de fiesta por ahí o para ir juntos a la playa e incluso preveo escarceos y rolletes entre ellos y tal. Que el curro será una full e igual las condiciones serán una mierda, pero quiero pensar que tendrán sus momentos.

Hablando de rolletes… en ese paseo, me he metido también por la playa. Un placer caminar por la orilla a eso de las ocho de la mañana, en soledad, con el ruido del mar y la tenue luz del día recién estrenado… todo así como muy new age. Bueno, el caso es que, en estas, he visto a una pareja en el agua, bañándose y haciéndose arrumacos y carantoñas. Oh, qué bien, qué bonito… estaría guay poder disfrutar de una intimidad así, pero, claro, con dos maravillosos apósitos (los de la foto) a nuestra vera constantemente, pues…

Esto me recuerda que Nicolás nos ha pedido irse a la habitación él solo en un momento determinado de la tarde, hacia última hora. Que aprovechaba para ir al baño y ya se quedaba viendo no sé qué en la tele. Hemos accedido, le ha acompañado Ana para abrirle la puerta y después se ha vuelto a la hamaca. Desde nuestra posición se ve la habitación y tal, pero no he podido evitar hacer un poco de humor negro mencionando a Maddie McCain. Creo que no me sale tan bien como lo hacía el de Mi Mesa Cojea.

Hablando de ver la tele… sí, claro, los chiquillos, sobre todo después de comer, en el momento siesta, actividad que ellos no realizan (bueno, Telmo sí se queda sobado), aprovechan para darle un buen tute al Clan, al Disney Chanel y al Boing. Lo que no permitimos es lo de los móviles o tablets mientras comemos o cenamos. Y lo digo porque esta costumbre está muy extendida en el comedor, entre muchas familias con hijos. Y no lo digo para ir de guay, no lo digo a modo de crítica (bueno, quizá un poco sí); cada padre y cada madre sabrá cómo gestionar determinados momentos. En cualquier caso, sí me ha llamado la atención y creo que por defecto profesional, como un padre llamaba la atención a su hija preadolescente para que dejase el móvil y comiese cuando él tenía su teléfono en la otra mano y no lo soltaba mientras comía. Ejemplar.

A la noche, ha habido un espectáculo de acrobacias, aderezado con la horrible música de un violín eléctrico. Sí, amigos, exactamente el mismo que el año pasado. Lo de la repetición. Huyendo del mencionado show, hemos echado una partida de billar (en la que he barrido a mi familia) y me he fijado en un par de detalles: en las relaciones de amistad para toda la vida que pueden surgir en la fila que se forma para pedir garimbas y cócteles; y en las parejas SIN niños. Sí, amigos, este detalle no es baladí. Son las menos, pero las hay. Esto tiene que ser un infierno para esos jóvenes novios que han acudido a este garito y que, de repente, se topan con un complejo orientado al turismo famliar, ¿no? Vale que saldrán por ahí, pero no sé, yo creo que, en su lugar, lo pasaría mal…

En fin, que para haber sido una jornada repetitiva y sin grandes novedades, ha caído una buena chapa. Hasta aquí la tercera jornada del Diario Vacacional (¿post?) Pandémico (este último atributo del diario, por cierto, ha tenido cierta relevancia hoy al enterarme que uno de mis compañeros de andanzas por el BBK Live el pasado fin de semana, es positivo. Seguimos librando y, aunque en este reducto estival el virus parece estar lejos, contagios como el de mi amigo nos recuerdan que no ha desaparecido)

Diario Vacacional (¿post?) Pandémico. Dos.

Me siento observado por un pez

«¿Por qué las chicas no enseñan las tetas en la piscina?». Dudas infantiles, sinceras, lógicas habida cuenta que hoy nos hemos tirado buena parte de la mañana en la playa, donde, ahí sí, algunas chicas hacen topless, actividad que, por lo que sea, no ejercen en la piscina. Y ya de paso, me permiten que me reitere en algo que dije el año pasado: yo no soy muy de playa, pero podría quedarme a vivir en los paradisíacos arenales menorquines.

La pelota para la piscina de Telmo ha vuelto a ser objeto de disputa con una niña italiana. A diferencia de su compatriota del día anterior, ésta, Anna, ha tenido a bien permitir a mi chiquillo jugar con SU pelota. De hecho, han acabado trabando una pequeña amistad y nosotros, los padres, departiendo amigablemente en un macarrónico (¿nunca mejor dicho?) y supongo que ridículo dialecto que combinaba ambos idiomas.

Hablando de dialectos… continua en el hotel un camarero andaluz que ya el año pasado me llamó poderosamente la atención. Alto, enjuto, más seco que la mojama, con unas pequeñas lentes y un pelo poblado, canoso y con pinta de ser áspero, como una especie de Scotch Brite, creo que me entendéis. Simpático, resuelto, saleroso, sonriente. Posiblemente, el único miembro de la plantilla al que le preguntaría a qué hora acaba su turno para esperarle, que coja su guitarra (porque, vamos a ver, tiene que tener una guitarra) y corrernos una farra. Sí, amigas y amigos, así discurre mi calenturienta cabeza al regresar a la hamaca de coger una caña y que me atienda el susodicho.

«No sé por qué ha puesto el himno de Francia pero sólo sé que es súper bonito». Nicolás, expresando con emoción lo que ha sentido después de que un mago haya puesto para una parte de su show, el himno del país vecino. Os podéis imaginar lo pobre de la actuación del ilusionista cuando mi primogénito sólo ha destacado ese hecho.

«Juguemos a decir nuestros momentos favoritos del día». Oigan, qué ilusión me ha hecho cuando Telmo ha planteado esa propuesta antes de ir a la cama. He pensado en lo bien que están enseñando este tipo de cosas en el colegio y tal, pero luego ha resultado que es algo que ha visto en unos dibujos animados. Bueno, no pasa nada. Lo adoptaremos como práctica evaluadora diaria. Ah, que ahora querréis saber esos momentos, claro. Bueno, pues Telmo ha referido sus cada vez más atrevidos baños en la piscina grande; Nicolás ha recordado su variedad de saltos también la piscina; Ana, el rato que hemos pasado en la playa y yo la pedazo de siesta que me he echado después de comer.

Diario Vacacional (¿Post?) Pandémico 2022. Uno.

De nuevo, la pedregosa rutina vacacional

La familia duerme derrengada. Tengo ordenador, terraza, wifi, alcohol, tabaco (sí, este año sí) y varias personas que me han pedido que comparta, como el verano pasado, anécdotas vacacionales desde este formato de diario. Responderé, con gusto, a esa demanda, aún con el temor a que se pierda cierta espontaneidad respecto a aquellas entradas .

Estas vacaciones repetimos destino y complejo turístico. Nos sentimos veteranos, nos desenvolvemos bien en el entorno. Miramos con cierta superioridad a los novicios en el convento. Se mantienen muchos de los camareros, de las animadoras, personal al que miramos con cierta complicidad (no correspondida, todo hay que decirlo) y, en definitiva, se repiten otros elementos que conformaron la historia del pasado estío, el de 2021, aunque aquel tuvo sus mascarillas, sus geles hidroalcohólicos y demás medidas preventivas ante el Covid que este año, en cambio, han desaparecido pese a que se supone que el virus sigue por ahí, desbocado. Estamos con la sensación de que es, por fin, el primer verano post-pandémico.

Esta vez no contamos con la inestimable presencia de Dani, Isa y Saioa, fuente de inspiración el pasado año, aunque, ojo, de nuevo, casualidades de la vida, nos hemos topado con otra pareja y su hija del barrio, cuya familia de ella, para más inri, es del pueblo de mis padres. No hay la misma confianza que yo tenía con Dani, pero bueno… todo se andará. O no. El caso es que ellos nos dan sopas con onda en cuanto a los galones a la veteranía en el hotel. Cinco veces ya que han estado aquí. Mucho que aprender de nuestros paisanos.

Otra diferencia respecto al año pasado es el importante número de turista foráneo. Supongo que ante la eliminación de las restricciones para volar a España o para salir de sus respectivos aeropuertos o lo que sea, pero el caso es que la presencia de italianos, franceses y, por supuesto, ingleses es importante. Este hecho genera, entre otras cosas, que nos tengamos que esforzar en identificar los escudos de ignotas camisetas de fútbol portadas por veraneantes británicos y en descifrar el sentido de los tatuajes que pueblan sus ya abrasadas pieles.

Este primer día hemos tenido que lidiar con un niño italiano de unos cuatro años. Éste le ha quitado sin contemplaciones una pelota a Telmo de sus manos. Telmo ha tratado de recuperarla, pero no ha podido y la diferencia idiomática ha dificultado la comunicación. El pequeño transalpino se ha aferrado a su nueva adquisición, ha protegido su botín con uñas y dientes y cuando hemos visto que Telmo no podía rescatar su juguete y se disgustaba y veíamos como el joven truhán trataba de llevarse la pelota hacia sus territorios, ahí decidimos intervenir. Ana se ha acercado al crío y de buenas maneras, pero arrancándole la pelota de las manos, la ha recuperado. No me ha parecido ver a sus padres o responsables cerca, pero no negaré que he temido encontrarme una cabeza de caballo en la cama de nuestra habitación.

Hablando de piratas: éstos lo llevan en la sangre, en la mirada. De hecho, lo noté cuando clavó sus pupilas azules en mis ojos; cuando le devolví una amable sonrisa y él me respondió con una mueca que decía «te voy a dar lo tuyo, fuckin’ spaniard«. Y empezó a dispararme, así, sin contemplaciones, con agresividad, poseído por el espíritu del Almirante Nelson en la batalla de Trafalgar. Una y otra vez, una y otra vez, sin parar, y Nicolás, sorprendido ante tan espontáneo y furibundo ataque, me pregunta: «pero, aita, ¿por qué te ataca así ese niño con la pistola de agua?». Y, consternado, no le supe responder.

Nos ha parecido que la calidad de la comida ha descendido un poco. Y eso que hoy había langostinos a la plancha. Madre mía, qué era eso. Platos y platos a rebosar del clásico marisco por doquier. No puedo asegurarlo, pero diría que, tras la comida y la cena de esta primera jornada, se ha exterminado a la población de estos crustáceos de la isla. Cabezas, bigotes, manchas en la ropa de los comensales, toallitas con olor a limón a tutiplén. Y sí, yo también me puse en la cola para que me echaran una ración de dicho manjar. Precisamente ahí, una chica, muy maja ella, un poco rollo choni, me pidió que le guardase el sitio para llevarle no sé qué a su bebé y me dijo que tuviese cuidado para que nadie le quitase el sitio en la tanda (sic). Desgraciadamente, no pude proteger su lugar ante la ingente avalancha de hombres y mujeres de todo tipo y condición que se apelotonaban con voracidad a llenar sus platos de estos decápodos con sal gorda. Salvada la marabunta, vi a la chica, le pedí discuplas haciéndole ver que perdí su sitio en la tanda para poner a salvo mi vida y ella me dijo que no pasaba nada, aunque me pareció percibir una mirada aviesa que indicaba que me guardase las espaldas.

Y nada, tras un paseo hasta las inmediaciones de la playa y después de que los niños hayan participado en un juego de pistas de temática pirata (por ahí andaría mi némesis de seis años que me embistió con saña esa misma tarde), destrozados por un cansado primer día, nos hemos ido a sobar que mañana (o sea, hoy) será otro día que, quizá, depare historietas que alimenten este diario.

Cienfiebres Musicales #80. El verano del 22.

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Último Cienfiebres de la temporada. Nos despedimos hasta septiembre haciendo una proyección de lo que se viene encima en este verano del 22. Además, las febrículas, las novedades y la Colección de Favoritas. Todo con esta banda sonora:

THE UNDERTONES: Here comes the summer
DERRIBOS ARIAS: Branquias bajo el agua
PET SHOP BOYS: Se a vida é (that’s the way life is)
CAROLINA DURANTE: Moreno de contrabando
RUFUS T FIREFLY: Nebulosa Jade
LAS PENAS: Al caminar
RÍO ARGA: Tus monsergas
LA HABITACIÓN ROJA: Los últimos veranos

LOS ÁNGELES: Dentro y fuera
SALVANA: Ingrávida
COOPER: Ola de calor
PULP: Disco 2000
DAVID BOWIE: Sound and vision
TERRY 4: No me hace falta más
LA BUENA VIDA: De nuevo en la ciudad

STEREOLAB: Robot riot
THE BRIAN JONESTOWN MASSACRE: The real
SANTIAGO DELGADO Y LOS RUNAWAY LOVERS: Bilbao

LOS PIRATAS: M
SIDONIE: Feelin’ down’ 01
LORI MEYERS: Viaje de estudios

¡QUE PASÉIS UN GRAN VERANO DEL 22!