Diario vacacional pandémico. Dos.

Me llevo la imagen a IG con la leyenda: “imitando a Martin Parr”

La familia duerme derrengada. Hoy no escribo en la terraza, no tengo alcohol y sigo sin tabaco. Ayer, viniendo en el autobús del niño de la tos alarmante, localicé un estanco. Creo que está cerca de nuestro hotel, pero mi escasa capacidad para orientarme puede llevarme, en su búsqueda, de regreso a la península. Un clásico “se fue a por tabaco y no volvió”.

Ayer también fue fantástica la casualidad de encontrarnos en el mismo complejo turístico con un amigo y su familia. Amigo de instituto y de Comunio. Vale que la isla no es muy grande, pero grande ha sido la casualidad. Muy guay compartir baños en la piscina, cervezas y cerrar traspasos. Hasta mañana, Dani.

Anoche también viví un momento entrañable. Un niño (diez u once años), italiano, de nombre Salvatore, se despedía emocionado de una de las monitoras del hotel. Entre lágrimas y saltándose las consabidas medidas de distanciamiento pandémico, abrazó a la muchacha para despedirse al ser su última noche de vacaciones en España antes de regresar a su país. Qué momentos dejan los veranos a determinadas edades, ¿verdad?

Esa misma monitora ha animado en el día de hoy a Nicolás a participar en una actividad consistente en caminar sobre una especie de tela flotante y mantener el equilibrio sobre las aguas de la piscina. Como un mesías, como una deidad. El chiquillo ha conseguido mantenerse en pie hasta zambullirse de motu propio. En eso, afotunadamente para él, no sale a padre.

Me encanta el rollo de las fotos familiares que la gente se saca de vacaciones. Y que nosotros también nos sacamos. Pero que, vistas desde fuera, son un tanto ridículas. Como la de la imagen que acompaña este texto. Ni siquiera hay niños en ella, maldita sea. Máximo respeto, pero… todos sabemos que esa instantánea se va mandar al grupo de guasap de la familia y de ahí al pobladísimo vertedero de archivos digitales.

Juegos de mesa, pingpong, bicis estáticas, yoga, magos, animadoras, comida a todas horas, alcohol, hilo musical (deleznable, excepto en el momento en que le mandaba a un amigo un audio para decírselo y justo ahí sonaba el Kiwanuka), toboganes, tumbonas, cine, cancha de tenis, de voleibol… me he puesto a pensar en la ingente oferta de ocio que ofrecen estos complejos turísticos y en esa sensación de que, si quieres, no te hace falta salir del hotel. De que estás atrapado en el recinto. Sometido a la dictadura del ocio estival. El trabajo (entendido éste como el fin de las vacaciones) os hará libres.

A pesar de ello, hemos salido. A las calas cercanas al hotel. Y miren, los que me conocen saben que lo mío no es el ir a la playa. Para nada. Sin embargo, una vez más, he de rendirme a la evidencia de que los arenales de Menorca son otra liga. Sus playas embriagan y emocionan por su belleza natural, sus aguas cristalinas, su arena fina, sus paisajes y demás tópicos (pero ciertos) que queráis añadir. Es la cuarta vez que vengo a esta isla y aunque, insisto, lo mío no son las playas, no me importaría jubilarme aquí.

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