Cienfiebres Musicales #46. Discos en la maleta.

La vuelta al cole ha supuesto la posibilidad de poner ya en casa algunos de los discos adquiridos durante este verano, discos que tenía guardados en una bolsa, en una maleta, ocultos a miradas no comprensivas con el coleccionismo discográfico.

Esta es la fiebre de la semana, pero hay más cosas, incluidas cortinillas nuevas para las que he utilizado a los chiquillos. Suenan:

BOOKER T. AVERHART & THE MUSTANGS: Take your shoes off (part II)

ADRIANA EVANS: Looking for your love
SAULT: Free
TRACEY THORN: Plain sailing
VENENO: Los delincuentes
TIBURONA: La Diosa
BIG STAR: Thank you, friends
B.B. KING: Sweet little angel

BABA STILTZ: Running to chad
SUPER 8: Abril
KOKOSHCA: Himno de España
LOS PLANETAS: 8

MOTORISTS: Go back
MT. MISERY: I was wrong
PARADE: Cuando luchan los kaiju
EXNOVIOS: Un nuevo día

LCD SOUNDSYSTEM: Daft punk is playing at my house
DAMIEN JURADO: Birds tricked into the trees

THE VELVET UNDERGROUND: Rock’n’roll

Cienfiebres Musicales #45. Las febrículas del verano de 2021.

Bienvenidos, bienvenidas… ¿qué tal? Espero que bien. Regresamos en Cienfiebres Musicales. Tercera temporada de este podcast que vamos a comenzar rememorando lo que ha sido este verano en clave febril o repasando las febrículas que más nos han sacudido y poniéndolas banda sonora, claro. Suenan:

SKA JAZZ MESSENGERS: Tunja

NEW ORDER: World in motion
RAFAEL BERRIO: Este álbum
SLY & THE FAMILY STONE: Everyday people
RAY BARRETTO: El Watusi
MICHAEL KIWANUKA: Home again
TIBURONA: Hijas de las grutas
LAS PENAS: Dime
THE ROLLING STONES: Get off my cloud

CAROLINA DURANTE: 10
SAULT: Bitter streets
DURAND JONES & THE INDICATIONS: Ride or die
THE MERGERS: Better days
THE UMBRELLAS: Happy
ARROZ Y PASTA: Amor desmembrado
SAINT ETIENNE: Pond house

STAN GETZ: Melancolico
ANTONIO CARLOS JOBIM: Lamento

LOVE OF LESBIAN: Niña imantada

PD: si queréis aportar algún tipo de cambio, sugerencia, novedad o lo que estiméis que creáis que pueda hacer más interesante este podcast, os agradecería si rellenáis esta encuesta o que me hagáis llegar vuestro feedback de la forma que estiméis conveniente. Gracias.

El verano de las ratas

Veo mis pies a través de las cristalinas aguas de la cala. No hay algas, la mar no está revuelta. Algunos pequeños peces. Arena  finísima. Entorno espectacular, natural, bello, idílico.

Veo a otros bañistas. Piel dorada, cuerpos escultóricos, pelazos, trajes de baño impolutos y a la moda. Incluso aunque emerja alguna calvicie y alguna barriga, mantienen un halo de cierta clase, no desentonan en ese entorno.

Veo las escasas edificaciones circundantes. Casas bajas, con amplios jardines y enormes ventanales orientados al océano. Bonitas bicis aparcadas en la  entrada. Un precioso labrador de pelaje blanquecino retoza junto a la piscina.

Me sobreviene un fragmento de la canción “Siempre brilla el sol” de Guille Milkyway:

Y todas las mañanas (voy a salir)

A ver si me haces caso (y quieres venir)

A pasear en bicicleta, por el pueblo,

El mar es tan bello desde allí…

Veremos las barcas,

Que durante el verano descansan

Y dejan paso a los chicos que hacen surf con frenesí…

Me gusta ver mis pies entre el agua cristalina, la gente guapa, las bonitas casas de verano y la canción de La Casa Azul. Me gusta verme aquí, pero no puedo evitar que me invada una sensación como de que, en realidad, no formo parte de todo esto, que este no es mi verano, que este no era mi verano. Mi verano era, fue otro. Nuestro verano. El verano de las ratas.

Veo un autobús atestado hasta los topes, en el que huele a sudor, a tarteras con tortilla, a botellas gigantes de refrescos gaseosos. Niños gritando, adolescentes con acné, viejos con hamacas y camiseta Abanderado estilo Imperio. Riñoneras de cuero y bañadores cantosos. Media hora o más de viaje.

Veo una bandera roja. Agua revuelta, sucia, espumosa. Cielo plomizo. Playa grande. Algas, maderas, botellas de plástico. Un parking lleno. Radio cassettes portátiles con música bakaladera o jevi o de rock urbano. Litronas. Miradas desafiantes entre cuadrillas. Barrigas. Calvas.

Veo altísimas chimeneas. Humo. Mal olor. Arena tiznada de residuos de coque o lo que sea que sale de la refinería. Piel oscurecida que vuelve a su color natural cuando te duchas al volver a casa, tras otro largo viaje en autobús en el que los olores se han intensificado.

Me sobreviene un fragmento de la canción “Ratas en Bizkaia” de Eskorbuto:

Somos ratas en Bizkaia

Somos ratas contaminadas

Y vivimos en un pueblo

Que naufraga, que naufraga, fraga, fraga

No me gusta el autobús, ni las nubes negras en verano, ni el moreno desapareciendo de la piel por el desagüe de la bañera. No me gusta todo eso, pero no puedo evitar vivirlo como propio, sentir que ese era mi verano, nuestro verano, el verano de las ratas.

Diario vacacional pandémico. Y siete.

La importancia de la buena gente
para valorar algo positivamente

Pese a que un plomizo cielo nos dio la bienvenida esta mañana a nuestra llegada al aeropuerto de Loiu, parece que las deidades cantábricas se han confabulado para hacer menos traumática la transición del sol balear al clima norteño, de tal forma que se ha quedado una tarde estupenda. Temperatura y ambiente ideal para tomarme una cerveza en la terraza, mientras oigo al mayor representar un partido de la selección sub-21, veo al pequeño dibujar garabatos y a Ana leyendo el último libro de Nickolas Butler. Y sí, sigo sin tabaco. Con este contexto, decido poner el punto y final al diario vacacional pandémico.

Un epílogo que adquiere cierto carácter de evaluación. Desde la distancia y con las consabidas preguntas de familiares y amigos de qué tal, la respuesta sincera es un muy bien. Qué decir si no. Los niños han disfrutado como gorrinos en un maizal, nosotros hemos podido desconectar y descansar. Hemos vuelto morenos, supongo que – al menos yo – con kilos de más y con la sensación de que este plan vacacional (esperemos que lo de pandémico haya desaparecido ya el próximo verano) será replicable en años venideros.

Cierto es que, como he comentado en alguno de las entradas previas, hay algún momento de bajona en este modelo turístico desde la perspectiva de pensar en que los planes improvisados, el cambiar de un sitio a otro, el moverse con cierta libertad y la expectativa de encontrarse con algo o con alguien que te altere lo planificado han pasado a mejor vida o, al menos, hasta que los chiquillos tengan edad para poder plantear algo parecido o, yendo más allá, hasta que empiecen a viajar por su cuenta. O sea, mucho. Aún así, ya digo, esta primera experiencia de hotelconpulserayclubinfantil ha estado muy bien.

En ese sentido, además, creo que da un poco igual el destino. Como creo que también he comentado en este diario, Ana y yo estamos enamorados de la isla de Menorca y esta era la cuarta vez que vamos, pero es la primera en la que, prácticamente, no hemos salido del entorno de Son Xoriguer. Vamos, prácticamente, no hemos salido del hotel, más allá de unas rápidas visitas a la playa. Por ello, cuando volvamos a elegir este formato de vacaciones, lo fundamental no va a ser el destino en sí, si no el poder disponer de unos buenos toboganes acuáticos y un buen bufé.

En cualquier caso, también quiero reseñar que el hecho de que la evaluación de esta semana en Menorca tenga este carácter positivo también ha contribuido el hecho de encontrarnos en el complejo con muy buena gente con la que hemos compartido estos días. Dani, Isa, Saioa, Mauro, Bea, Marco… precisamente, en una tertulia con mi amigo Dani hace un par de noches, hablando de viajes y de ciudades y tal, yo insistía en que el valor de las mismas, en mi caso, venía determinado por las personas y las experiencias con las personas que me he encontrado en los diferentes lugares. Es decir, aunque objetivamente una ciudad pueda ser fea o caótica o poco amable o yo qué sé, si ese destino se vive con gente maja, hospitalaria y amigable, la perspectiva de ese lugar, al menos en mi caso, cambia para bien. Y por ello, estas personas con las que hemos compartido baños en la piscina, pelotazos en la terraza y demás momentos familiares, han contribuido a que un plan como el del complejo turístico todo incluído enfocado al ocio familiar e infantil, al que acudía con ciertas reservas, me/nos haya dejado buen sabor de boca.

Y bueno, pues eso, que c’est fini. Que me he dejado menciones a los bichos bola, a las salamandras, al camarero andaluz enjuto y con pelazo que podría arrancarse por soleares de un momento a otro, a varias camisetas de equipos ingleses ignotos con los que muchos guiris hooliganescos desfilaban entre las hamacas y demás… pero yo creo que ya es suficiente. El compromiso era por una semana, como reacción a una apetencia a realizar una especie de relato diario de estas peculiares vacaciones.

Aún me quedan unos días de asueto, pero, más allá de que, puntualmente, pueda lanzarme a escribir algo que me surja, este Diario vacacional pandémico (lo pandémico ha quedado en un segundo plano, lo cual habla bien de esa desconexión que decía antes) acaba aquí y ahora. Gracias a todas y todos los que habéis leído estas siete entradas y gracias por vuestras amables palabras. Me alegra saber que a muchas de vosotras y vosotros os ha gustado.

Diario vacacional pandémico. Seis.

Hasta la próxima, Mediterráneo.

Esto se acaba amigos.

Amaneció el sexto día nublado e incluso cayeron unas gotas de lluvia. Ante tan extraordinaria situación, los responsables del hotel nos reunieron a un grupo de vascos y vascas para tranquilizar a la gente. Tuvimos que explicar que, efectivamente, existen las nubes y que incluso, a veces, tapan al sol. Y que, en ocasiones, cae agua del cielo. Algunos no se creían que estemos acostumbrados a ello y que antes de venir aquí tuvimos que formarnos en cómo comportarnos ante esa regular presencia del sol, esa bola amarilla que para nosotros y nosotras sí que es algo inaudito.

Aún con nubes y aún con las pejigueras voces de nuestros vástagos protestando, acudimos a la playa. Acordamos con ellos que al día siguiente (o sea, hoy) pasaríamos toda la jornada en el hotel para despedirnos como mandan los cánones de los toboganes acuáticos y del all included. Por lo que ayer, como digo, tocó despedirse de las aguas mediterráneas, revueltas y oscuras para la ocasión. Volveremos a ellas, no me cabe la menor duda.

Pero hoy, como digo, a tope en el complejo. Un espacio cada vez más concurrido. Sigo sin saber cómo funciona el asunto del aforo pandémico aquí ni si se están cumpliendo con las distancias en todo momento, etcétera. De nuevo, indicador de que esta semana por acá ha servido para desconectar del tema del apotema. Sea como fuere, más gente, decía. Nuevos clientes. Ay, míralos cómo llegan, blancos, perdidos ante la ingente oferta de ocio, sin saber muy bien si tirarse por el tobogán amarillo o por el del túnel o si es preciso comerse un perrito antes de cenar o no. Novatos, nos decimos los veteranos, mirándonos con complicidad y diciéndonos que el hotel molaba más hace una semana, cuando no era mainstream, con la primera maqueta y tal.

Hablando de clientes, tópicos internacionales vistos con estos ojos: un inglés rapado, bien de tinta sobre su blanquísima piel, pidiendo sus cañones de cerveza y ofreciéndole a su hijo de unos ocho años que beba. Era en un tono de chanza buscando el guiño con el camarero, pero todos sabemos que ese niño, en no muchos años, estará trasegando pintas en el pub como si no hubiera mañana; una italiana, morenísima ella, se dirige a su hija desde la hamaca en un tono de aparente enfado. No hace falta decir cuál fue el gesto no verbal que acompañó su retahíla, ¿verdad? Sí, efectivamente: yemas de los dedos juntas y movimientos ondulantes de muñeca hacia arriba y hacia abajo. Creo que no lo he descrito muy bien, pero, vaya, sabéis de sobra a qué me refiero. Sí, ése.

Ha habido otro cliente del que me he hecho fan. Un tipo, normalmente ataviado con camisetas que acreditan (también lo hace su cuerpo) que ha corrido y corre maratones y medias maratones, dándolo todo (TO-DO) con sus hijas: jugando al pilla-pilla, juntando los pies con ellas para rifar a ver quién se la queda, jugando al UNO… lo cual me lleva a conectar con algunas de las conversaciones mantenidas en este periplo menorquín con Ana y Dani e Isa, nuestros paisanos con los que hemos coincidido aquí, y en las que no acertábamos a recordar a nuestros padres dedicando mucho de su tiempo a jugar con nosotros, quizá porque era otra época, porque éramos los pequeños de varios hermanos… y, por supuesto, no es algo que nos haya marcado negativamente, creo yo, lo cual no quita para aplaudir al susodicho maratoniano juguetón.

Y por último, tras mencionar a Dani e Isa, me topo ayer tarde con otra feliz coincidencia: una llamada de mi querido Edu P. Que está aquí, en Menorca, recorriendo la isla en furgoneta. ¡Qué fuerte! A ver si esta tarde puedo despedirme del archipiélago tomándome una cerveza con el susodicho y su acompañante, aunque ello suponga romper el pacto de no abandonar hoy el hotel que ha protagonizado este diario vacacional pandémico y del que, como digo, nos vamos ya despidiendo. Mañana os cuento, me temo que ya desde Barakaldo.